martes, 10 de septiembre de 2013

DETRÁS DEL HUMO, HAY UN ASESINO

Durante muchos años fui aconsejado a dejar de fumar, por la gente de mi entorno, por ser este un vicio dañino, silencioso, traicionero y pestilente de todos cuanto existen. Sin embargo, en vez de recapacitar sobre ello, me ponía furioso y montaba en cólera, contestando de un modo tan grosero, del cual hoy en día me arrepiento sinceramente de todo corazón. 

Cuando digo que es un vicio silencioso y traicionero, me refiero a que esta adicción hace un trabajo muy lento de destrucción de nuestro organismo. Y silencioso porque deben pasar algunos años para que se sientan sus terribles y devastadores efectos. 

Los primeros síntomas que atacan a la ocasional víctima será la famosa “tos de perro”, luego vendría una casi crónica afonía, para luego desembocar en un catarro permanente y una clara disminución de la capacidad torácica.

Con el correr del tiempo, todos estos síntomas se agravaran y es ahí que entran en escena el irremplazable aerosol bronco dilatador, los vahos con hojas de menta y eucaliptus remojados en agua bien caliente y alguna gruesa manta que pueda cubrirte totalmente.

O bien el clásico nebulizador con su infaltable mascarilla y la tortura de escuchar el molesto motorcito por espacio de 20 minutos. 

Fueron incontables las veces que abandoné el vicio, pero por una u otra razón, volví nuevamente a reincidir con el agravante que con cada retorno, fumaba una mayor cantidad de cigarrillos. 

No puedo olvidarme de todas las felicitaciones recibidas en cada uno de los abandonos como imposible reconocer todas aquellas caras de disgusto ante la reincidencia. 

Según mi vasta experiencia en el tema, existen varios factores que ayudan a dejar el vicio definitivamente. Uno de ellos sería buscar dentro de uno mismo, el equilibrio emocional e ir separando a las dañinas de las positivas. 

Un ejemplo de esto es la ansiedad que todos llevamos a cuesta y a la cual debemos refrenar con todas nuestras fuerzas, ya que si esta se desboca nos conducirá irremediablemente hacia la angustia. 

Otro punto fundamental a vencer es la toma de conciencia que este vicio te convierte en un dependiente y hasta que no te sientas tu mismo concientizado, que eso es perjudicial para tu organismo, te podrán contar una y mil historias de todo lo malo que ello es, pero te entrará por una oreja y te saldrá por la otra, como me pasó a mí, por espacio de 45 años. 

Pero se necesita una gran fuerza de voluntad interior para abandonarlo de golpe y sin previo aviso. De un día para otro. Muchos buscan ir reduciendo la cantidad de cigarrillos hasta llegar a cero, pero este método no resulta efectivo, porque mientras se siga fumando, el cordón umbilical no se cortará definitivamente y lo único que lograremos es engañarnos a nosotros mismos, ya que el último cigarrillo tardará mucho más tiempo en llegar. 

Comencé a fumar a la edad de 13 años, como la mayoría de los muchachos de mi generación. El motivo principal fue esconder mi espantosa timidez detrás del humo del cigarrillo y con esto intentar parecer algo mayor y tener alguna oportunidad con alguna jovencita que sucumbiera a mis encantos. 

Considero que los 13 años, para el varón, es la peor edad, ya que las niñas de su mismo tiempo cronológico, solo miran a los de 16 o 17. Con lo que dejan elegir a las nenas de 11, que mal pretenden ser pequeñas mujercitas pero sin el cerebro ni el físico de estas. 

A partir de allí, el cigarrillo me acompañó en las buenas y en las malas, siendo este un mudo testigo de todos los hechos más relevantes de mi vida. 

Estoy consciente que ha modificado casi todos mis hábitos de vida, a los que tuve que combatir desde el mismo momento en que lo abandoné. Lo primero en modificar fue que hacer con mis manos, ya que la mayoría del tiempo estaban ocupadas sosteniendo a peor enemigo. 

Con el correr del tiempo pude observar, no sin asombrarme por ello, también muchos cambios en mi físico. Mi piel se volvió mucho más seca y mi aspecto exterior, me dio la apariencia de una persona de 75 a 80 años, a pesar que nací en 1950.

Mis dedos, mi uñas y mi bigote característico se tornaron invariablemente de un color amarillento, propio de la nicotina. Aunque yo no lo percibía, toda mi ropa estaba impregnada con el pestilente olor a tabaco. 

Y aunque la dejara toda la noche a la intemperie, lo mismo siempre algo se podía oler. Especialmente la persona que no fuma, es la que más se queja, ya que se siente molesta e incómoda al detectar el olor a muchos metros de distancia. 

Y lo descubre mucho mejor que perro de caza. El mal aliento es mucho más difícil de esconder de los no fumadores, aún con varas pastillas de menta, como pantalla. 

Pero todos mis problemas físicos y mentales producto de mi sumisa dependencia al tabaco eran nada comparado con el grave problema pulmonar que me causaría. Si bien estos comenzaron a funcionar de un modo errático, se volvieron muy sensibles a cualquier cambio climático, puntualmente con la transición de verano a otoño y de invierno a primavera. 

Cada vez me cuesta mucho más movilizarme de un sitio a otro, cosa que me enfurece y me frustra al mismo tiempo. En los últimos tiempos me convertí en un total dependiente del bendito aerosol, y sin este no podría acometer contra las distintas subidas y bajadas de Ciudad del Este. Ya hace varios años que abandoné este maldito vicio, sin embargo, las consecuencias de mi estúpido capricho aún continúan persiguiéndome. 

Los daños causados a mi organismo ya son irreversibles, aún así, no pierdo las esperanzas de mejorar mi calidad de vida. 

Me gustaría que mi testimonio hecho aquí, sea tomado como un claro alegato que desaliente a las nuevas generaciones de fumadores. 

Ponerle paños fríos a su clásica rebeldía juvenil y convencimiento que sus cuerpos son eternos y que los años nunca pasaran para ellos. 

Estoy totalmente seguro que ellos pensarán que estoy exagerando pero tengo la firme convicción qué si propago este mensaje, pueda desalentar su consumo y que no cometan, el mismo error de encerrarse en su propia estupidez y terminen desoyendo un buen consejo que les salve la vida.

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