domingo, 15 de abril de 2018

EL POMBERO Y YO


  Extraído de mi libro “Cuentos para leer mirando 
 debajo de la cama”


Fue precisamente en el año noventa, del siglo pasado, según recuerdo, cuando conocí a Elvira. Fue un flechazo a quemarropa, que me dejo totalmente embobado. 

Pero según tengo presente, esa pasión fue mutua, ya que ella, con solo tres meses de conocerme, me invitó a vivir en su casa, en el kilómetro 8 de la Ruta Internacional, casi pegado al Batallón.


En esa época, dicho lugar era una selva bien tupida. 

El empedrado apenas tenía dos cuadras desde la ruta, y luego solo un camino abierto por una topadora, por el cual, un desvencijado colectivo de la empresa 3 de Febrero, valientemente se adentraba 1.500 metros, con una espesa arboleda como telón de fondo.


Recuerdo aún los pastos bastante altos bordeándolos y que también los vecinos me aconsejaban que no incursionara en ellos, ya que era frecuente encontrar serpientes y arañas de todo tipo.

Los colectivos eran demasiado chiquitos, de los llamados “ñatos” y en el que era muy fácil tener a unas cuantas gallinas o un lechón bastante escandaloso como compañeros de viaje.

Cierta vez me tocó viajar, en el fondo del vehículo, con dos cabritas. Su terrible olor penetró en mi nariz sintiéndolo como si fuera un mazazo para mis sentidos.

No es difícil adivinar que aquel recorrido resultaba un verdadero infierno hasta llegar a destino. Tomar a uno de estos vehículos era toda una aventura. Para que los memoriosos tengan en cuenta, el boleto costaba 35 guaraníes. 

Me acuerdo muy bien que era un verano bastante caluroso, con noches muy húmedas, en las que la temperatura no bajaba demasiado, por lo que era difícil poder conciliar el sueño.

No podría dejar de mencionar que Elvira era una hermosa trigueña, con unos enormes ojazos sensuales y peligrosamente penetrantes. Era vendedora de una muy conocida casa comercial del microcentro de Ciudad del Este.

Hacía solo 6 meses que había llegado de su Caazapá natal, buscando mejores horizontes. Nos conocimos, afortunadamente, por intermedio de una amiga que teníamos en común. Aclaro que saber más cosas de aquella relación pasajera no merece tener mucha importancia, al menos en este relato.

La anécdota a la que me refiero en cuestión, sucedió durante una de esas tórridas noches altoparanaenses.

Me desperté sobresaltado y totalmente empapado en sudor. Muy mareado, por lo que me llevó un par de minutos darme cuenta que ya había dejado el mundo de los sueños.

A duras penas pude ver la hora en el reloj que estaba en la mesita de luz y este marcaba las dos y cinco de la madrugada. 


El calor y la humedad, allá afuera, era insoportable. El viejo ventilador de techo chirriaba más que sacar el espantoso aire caliente. Di vuelta mi cabeza y observé que Elvira seguía durmiendo como si fuese un tronco. Me percaté que ya no podría dormir, por lo que decidí salir a fumar un cigarrillo, en el frente de la casa. Pero cuando lo hice, me lleve una sorpresa al encontrar allí, a mi vecino haciendo exactamente lo mismo que yo pretendía hacer.

Cuando él me vio, no dudó un solo segundo en llamarme. Lo hizo con gestos elocuentes, ya que a esa hora de la madrugada, cualquier grito se amplifica y no quería molestar a ninguno de los otros vecinos.

En seguida y casi sin hacer ruido, estuve a su lado. Sin más me hizo unas simpáticas señas para que tomara asiento a su lado.

Comenzamos a charlar de bueyes perdidos y de vacas encontradas. Hablábamos de todo sin decir nada concreto, la cuestión era pasar el tiempo lo mejor posible, hasta que a cualquiera de los dos le viniera, por fin, el sueño otra vez.

Nunca antes había tenido una conversación con él. Solo el convencional saludo de buenos días o buenas tardes y nada más, pero en esta oportunidad, el insomnio se había encargado de reunirnos como si nos conociéramos de toda la vida.

Fumábamos un cigarrillo tras otro, sin preocuparnos de ninguna manera por la hora.

Hasta que de repente, mi vecino, con una cara que no olvidaré jamás, ya que era una rara mezcla de intrigado, con susto y bastante sorprendido, me da un fuerte golpe en la rodilla y sin decir nada, pero con su dedo índice me indica la colilla arrojada por él, apenas un par de minutos antes. 


Esta, que se encontraba en el suelo, a unos dos metros y medio, y brillaba intensamente en la oscuridad, como si alguien lo estuviera chupando.


Sin embargo no había ni un alma a la vista. Solo él, yo y nadie más. Lo miré fijamente a su cara, por espacio de unos breves segundos y la encontré tan pálida supongo como la mía.


Yo no entendía nada de nada. Al instante siguiente y a muy corta distancia se escuchó, en el silencio de la noche, el característico chistido de una lechuza. 


Fue entonces cuando vi a mi vecino temblar como una hoja, casi sin disimularlo. Al mismo tiempo que me susurraba tartamudeando, en el oído:


-- Es el Pombero, es el Pombero- dijo bastante asustado. Luego de esto, vimos juntos, prenderse y apagarse el cigarrillo, repetidas veces, hasta que terminó de consumirse por completo.


Todo esto sin dejar de chistar un solo momento y a espacios regulares la ya comentada ave nocturna.

Convengamos que el escenario era de por sí bastante tétrico y por los antecedentes del caso, era lógico tener bastante temor a lo que no podíamos ver.

Cuando la colilla se consumió, aún asustado y sin recuperar el color trigueño de su cara, me dijo, en una voz muy baja, que las lechuzas por lo general siempre acompañan al Pombero.

Esa era una de las maneras de tener alguna certeza que el misterioso habitante de la noche, se encontraba muy cerca. 

Al menos así contaban las viejas abuelas, muy buenas relatoras de este tipo de historias, especialmente dedicadas a las criaturas, a quienes amenazaban en caso de no querer acostarse a dormir.

Debo honradamente confesar que estaba bastante asustado, pero no era por lo que mi vecino contaba, sino porque me había impresionado el hecho de ver prenderse la colilla varias veces, pero sin que soplara ni una miserable gota de viento. Y eso es lo que hasta en la actualidad, aún me sigue intrigando. 

Por lo tanto, se puede deducir que había algo o alguien, que no era visible, a los ojos humanos y del cual no tengo ninguna explicación coherente ni científica que aportar.


Sin embargo, sentí la presencia de un extraño ente muy cerca de mí.


Y de esto no podré olvidarme jamás, ya que en un momento dado, después de uno de los tantos chistidos de aquella solitaria lechuza, un largo escalofrío recorrió mi espina, erizando todos los vellos de mi cuerpo. 

Esas cosas no son muy fáciles de olvidar, especialmente cuando por motivos que no vienen al caso, me retiro un poco del centro urbano, es posible escuchar, de noche por supuesto, el lejano chistido de alguna lechuza.


Cosa que me hace revivir aquella interesante experiencia y vuelvo a sentir, como si fuera hoy mismo aquel desagradable y molesto escalofrío. 


Luego de observar juntos aquella escena del cigarrillo que se prendía sin que nadie lo fumara y ni que corriera viento, en seguida que la colilla se consumiera, nuestra conversación se centró únicamente en ese tema y no pudimos abandonarlo más.


Los temores nos habían invadido a los dos y si bien estábamos asustados y sorprendidos, no llegaban a la categoría de pánico.

Tiempo después, nuestra charla se hizo bastante repetitiva y por tanto fue cayendo en un pozo, hasta llegar a lánguidos y prolongados silencios. 


Ni Elvira ni nadie a quien le he contado esto, ni por asomo me han creído, es más, muchos piensan que les miento o exagero, quizás con el estúpido fin de ser el centro de alguna conversación o simplemente por ser escépticos.


Lo importante es que lo que les narré si sucedió. Solo que no quisiera oír nuevamente el escalofriante chistido de una lechuza porque eso me traería indefectiblemente un perturbador escalofrío. 



                          FIN


**** Apenas desembarqué en este país, en la década de los 80, comencé a escuchar mil y unas historias acerca de su mitología popular. La mayoría de ellas relatadas oralmente de padres a hijos. Muchas de estas historias, con el tiempo, se han agigantado, otras perdido vigencia y una tercera clase que son más recientes como la del “karai vosa”.

Habiendo podido viajar por muchos lugares, alrededor del mundo, las encontraba realmente divertidas y muy semejante a otras ya escuchadas en los lugares más insólitos. Sin embargo, las oídas aquí, tenían un sabor autóctono muy especial.

Las notaba mucho más ricas en los pequeños detalles y con más fuerza expresiva que las escuchadas hasta ese momento. Sin embargo, fue mí natural escepticismo crítico lo que en realidad me hacía dudar de la veracidad de estas historias. La gente lo contaba de tal manera como si esos relatos hubieran sucedido. Y en la campaña era casi obligatorio que alguien las narrara de noche, luego de la cena, como si fueran un postre apetitoso. 

2 comentarios:

  1. Mi querido amigo, muy buen relato, muchas gracias por compartir tus letras. Estoy bloqueado en FB por 30 días, llevo 16, por eso no te pude responder por Messenger. Saludos

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