viernes, 10 de septiembre de 2010

LOS VAI-KULOS QUE SUPIMOS CONSEGUIR

No existe nada más placentero que, a la mañana bien temprano, cuando nos dirigimos a la parada, reconocer a lo lejos, la inconfundible silueta del colectivo amigo, ese mismo que nos llevará sano, salvos y limpios hasta nuestro lugar de trabajo. Ahora estimados lectores, acomódense bien en sus asientos y sigan atentamente cada detalle, en el siguiente viaje, usando solamente un poco la imaginación y la memoria. 

Mientras nos encontramos solos, esperando la llegada del colectivo, miramos con preocupación, a cada rato el reloj, porque no está viniendo. Somos los primeros, pero tarda tanto este en llegar, que comienza a amontonarse mucha gente, que también quiere subir y llegar temprano a su trabajo.

Aparece el ómnibus y desgraciadamente todos los otros nos han pasado por encima y han ascendido primero. Por lo tanto no nos queda otro remedio que viajar colgado, imitando a Tarzán, a fin de no caernos al pavimento. Ese sería el fin de nuestra historia. Pero no es así, ya estamos adentro, gracias a la voluntariosa ayuda del colectivero, quien les pide encarecidamente a los pasajeros que se corran al interior, aunque ya no quepa ni una aguja.

Llega el turno de pagar el boleto. Otro de los grandes dramas. Si uno le da justo, no hay problemas; en caso contrario corremos el riesgo de pagarlo más caro, por falta de vuelto, con la consiguiente mirada asesina del cobrador. Todo esto acompañado con música de fondo, más o menos fuerte de “mi vecinita tiene antojo”.

Un olor profundo a pasta dentífrica y a falta de desodorante axilar, hace mucho más llevadero el viaje. A continuación entrarán en escena los vendedores de cualquier cosa, con un sinfín de ofertas. Caramelos, chupetines, bananas, refrescos caseros varios, bolígrafos, peines, y hasta lotes en cuotas.

Terminado el incesante desfile de vendedores comenzará la procesión de niños pedigüeños repartiendo papelitos, a los que están sentados, reclamando colaboración porque son ciegos, sordos, mudos y hasta mongos y quieren dinero solo para la caña y los cigarrillos de sus padres.

Posteriormente, con un poco de suerte se encontrará la ruta despejada y el chofer entusiasmado empezará a acelerar para recuperar un poco el tiempo perdido. Un ligero zumbido, mezclado con el entrechocar de los vidrios de las ventanillas y el ronquido furioso de un motor que larga más humo que SENEPA, reventará nuestros oídos. Algunos pasajeros asustados, se encomendarán a todos los santos y hacen una y mil promesas si es que llegan vivos a su lugar de destino.

Mientras tanto, entre la velocidad adquirida y el traqueteo violento de toda la carrocería, hace que quien se encuentre mirando a través de la luneta trasera verá cómo tornillos, tuercas y bulones van quedando por el camino, como si fueran las migas de pan de Pulgarcito. Eso si no pierde una rueda o el cardán por la avenida. Los asientos rotos, no permiten tener una buena estabilidad para los que están sentados y los que van de pie, encontrarán que todas las barandillas para asirse se encuentran peligrosamente demasiado flojas.

El cobrador va y viene de adelante para atrás y viceversa, abriéndose paso sin pedir permiso y pisando cuanto pie se encuentre en su camino. Pero aún no vino lo mejor de todo esto. Resulta que enseguida aparece otro colectivo, que por una de esas casualidades, también está atrasado y comienza, por lo tanto, una carrera desenfrenada de esas que ni Ayrton Senna se hubiera atrevido a realizar. Si la corrida anterior, fue asustadora, y no tenía rivales a la vista; ahora con un competidor de por medio, la cosa seguro se va a poner más que fea.

Ninguno de los dos respetará los baches, ni los lomos de burro ni siquiera a los motociclistas. Atropellarán contra todo lo que se le cruce por delante. Total están llevando sólo personas pobres. Qué importa, si no les gusta; si quieren viajar más cómodos, que tomen taxi, así dijo una vez un arriero disfrazado de conductor. Estar parado es una tortura, pero tomar asiento equivale a llenarnos de tierra colorada en nuestra ropa recién planchada.

Las frenadas y aceleraciones bruscas harán que si no estamos prevenidos, nos traguemos las calcomanías de Cerro u Olimpia del parabrisas o salgamos despedidos por la luneta trasera del “vai-kulo”. Por suerte el viaje ha llegado a destino y los pasajeros al bajar, especialmente aquellos que no han hecho el testamento, le dan gracias a Dios por encontrarse en una sola pieza.

Como simple sugerencia, ya que estamos promocionando el turismo receptivo en CDE, sería interesante que los extranjeros hicieran un tour, en estos “vai-kulos”, especialmente norteamericanos y europeos ya que son muy amantes de las emociones fuertes.

                                                         

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