jueves, 22 de enero de 2015

CIUDADANOS DE SEGUNDA EN SU PROPIA TIERRA

La primera vez que tuve contacto directo con los indígenas paraguayos fue en 1995, cuando vi sentadas, sobre unas mantas, a dos mujeres, vendiendo sus artesanías. Estaban en la vereda del Banco de Fomento, sobre la avenida San Blas de Ciudad del Este. 

Y me llenó de angustia y dolor ver sus caras de resignación, cuando ellos, los verdaderos dueños de la tierra, debían mendigar hasta un pedazo de pan, para poder sobrevivir en un mundo injusto. 

Fueron los primeros, pero no los últimos, al contrario, a partir de esa fecha comencé a verlos deambular por las calles céntricas de Ciudad del Este. 

Todos venían por los mismos motivos: tenían hambre y los habían echado de sus propias tierras, tanto por paraguayos como por los llamados “brasiguayos”. 

Tal vez, con la misma sed de avaricia desmedida y riqueza mal habida, que los invasores españoles, quienes como ahora, se asociaron implícitamente para despojar de sus tierras a los nativos. 

Con el correr del tiempo este problema se fue agudizando, pero fue la fiebre de la soja que tomó a los pequeños y grandes agricultores por igual y la que produjo el mayor daño entre las comunidades indígenas de nuestro país. 

El aborigen, ya sin tierras que cultivar, sin bosques que fueron prácticamente arrasados por los tractores, al buscar mayor área de cultivo. 

Con espejos de agua contaminados por los agro-químicos, ni animales que cuidar. Optaron por lo única opción que les quedaba: invadir las ciudades. 

Por lo tanto tomaron por asalto las plazas cercanas al microcentro de los centros urbanos más importantes del país y allí se instalaron con sus carpas negras, trayendo tras de sí, la frustración, la miseria y la humillación sobre sus espaldas. No fue distinto lo ocurrido con el predio invadido, frente a la Terminal de Ómnibus de CDE. 

Desesperados por el hambre y castigados por todo tipo de enfermedades, se dedicaron a asaltar a los ocasionales peatones que se atrevieran a pasar por sus nuevos dominios. 

A plena luz de del día y armados con pequeños estoques, “apretaban” a sus víctimas. 

De noche era mucho peor y ni los taxistas de la misma Terminal se salvaban de sus tropelías. 

El alcohol y la droga forma parte de sus vidas. Sin embargo, mucha gente de buen corazón, estaba muy preocupada por su bienestar y los socorrían, en la medida de sus posibilidades. 

Quizás no tanto por los adultos si no apiadándose al ver a niños descalzos, con ropas viejas y raídas, rostros sucios, miradas tiernas y humildes, sencillas y desprovistas de toda maldad. Con las mismas caritas de bondad e inocencia que cualquier otro niño. 

Es que sus padres, ya no pueden mantenerlos y por desgracia ni siquiera pueden brindarles buenos ejemplos de vida. 

Sus ancestrales costumbres se han prostituido, dejando de lado su tradicional orgullo por un plato de comida. La humillación y el desprecio son moneda corriente en su día a día.

Muy poco queda de aquel andar altivo y arrogante de otras épocas, donde su influencia iba del océano Atlántico hasta las primeras estribaciones de los Andes. 

Bravos e indómitos guerreros de mil batallas, quienes jamás retrocedían, aunque fueran superados en número.  

Sin embargo, hoy en día se los puede ver a los padres borrachos, que no tienen trabajo ni tierra, sin el orgullo de poder darles el sustento diario. 

Se quedaron sin sueños, con un pésimo presente y con un futuro tan aterrador, que incluso amenaza con su total desaparición. 

Al mismo tiempo que las madres, que no son muy mayores, pero sí muy avejentadas por el duro trabajo rural y la mala nutrición, vigilan a sus hijas mientras se prostituyen por un mísero plato de comida. 

Las niñas no mantienen una mínima higiene personal porque viven precariamente en donde pueden y no usan ningún tipo de protección, por lo que se encuentran totalmente indefensas antes cualquier tipo de enfermedad venérea o algo mucho peor que aquello: el sida. 

Ellas sufren contantes acosos sexuales no solo dentro de la tribu, si no en la calle misma. 

Existen alrededor de 572 comunidades indígenas dentro del territorio paraguayo. Cada una cuenta con un promedio de unas 15 a 20 familias con 6 a 8 integrantes cada una. Su trabajo y fuente principal de ingreso es la agricultura básica y rudimentaria. 

Como siempre les faltan elementos modernos de trabajo, eso hará que su producción sea totalmente insuficiente y con ello, habrá muy pocos ingresos para abastecer al grupo familiar. 

El problema más grave que tienen los indígenas en sus tierras es la total falta de organización, pero también con la comercialización y ni decir de la presentación de los productos. 

No todas las comunidades cuentan con un asesoramiento técnico en esas áreas, simplemente porque las autoridades se han desentendido de ellos. 

Sin embargo hay algunas comunidades modelos, que en base al esfuerzo personal y a la ayuda de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA), hoy están en condiciones de exportar. 

Es el INDI (Instituto Paraguayo del Indígena), cuya Ley Nº 904/81, lo faculta como el órgano estatal encargado sobre todas las cuestiones relacionadas con las comunidades indígenas. 

El Estado siempre reconoce el derecho inalienable del indígena sobre la tierra, sin embargo, por toda respuesta que reciben a sus justas reivindicaciones es que no hay presupuesto para ellos. 

Sin embargo mucho más doloroso que saber que todo el dinero que llega del exterior para ellos, se pierde en el camino, es ver la cara de desprecio o indiferencia que pone el mismo paraguayo. 

Y creo que esta es la parte más dolorosa; sentirse que se lo tiene a uno como un ciudadano de segunda o tercera categoría. 

Que no los quieran atender en los centros de salud, que los choferes de los ómnibus no les permite su ingreso, que se les impide su entrada a un comercio o se les niega un sanitario, que nadie le estreche su mano amiga o que la gente cambie de vereda cuando apenas se los vea venir. 

Como simple ciudadano, no los quiero ver arreados de nuevo a sus lugares de origen porque son ellos los que tienen que decidir donde desean vivir, como lo manda la Constitución. 

Este es un tema que tiene más de 500 años sin resolver y ya es hora que el actual gobierno tome cartas en asunto y haga por fin justicia con nuestros hermanos indígenas.

1 comentario:

  1. Donde está el INDI???? Que hace con todo lo que recauda a nivel país?? Nunca hicieron nada por los nativos, se tragan todo el dinero! Una VERGÜENZA!!! El INDI y la SEAM son los más corruptos e inescrupulosos del Paraguay.

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