miércoles, 27 de julio de 2011

LA TERMINAL: UN MUNDO APARTE (Parte I)

Cuando nuestro enviado decidió conocer el mundo de la Terminal de Ómnibus de Ciudad del Este, jamás pensó que detrás de ese mar de gente que llega y que parte, se escondía, durante la noche, una especie de mundo mágico y misterioso. Miles de historias se entrelazan como la trama de un tejido. Algunas tristes, otras alegres, unas pocas desesperadas, y llenas de esperanzas la mayoría. La crisis también hizo su efecto. De 7000 pasajeros por día, en la época dorada, pasó a un 70% menos. Más de 40 servicios fueron suprimidos.

La Terminal de Ciudad del Este tiene aproximadamente unos 20 años. Su estructura futurista de aquella época aún sigue resistiendo el paso del tiempo, conservándose tan fresca como en el tiempo de su inauguración. Sin embargo el mantenimiento y las mejoras han sido mínimas, ya que los responsables de la concesión, mucho no se han preocupado por mejorarla o revitalizarla.

Tampoco han pensado en optimizar la comodidad del pasajero mientras se encuentra en la sala de espera general. Allí nos encontramos con asientos resistentes al trato del público, pero totalmente incómodos por ser de chapa moldeada. Una persona con cierto sobrepeso ya no tiene cabida en ellos. Su respaldo es bajo, por lo que tampoco permite que la espalda descanse.

Los dos aparatos de televisión que servían de entretenimiento hasta que se pudiera abordar el ómnibus estuvieron descompuestos, los han retirado, y para sorpresa de muchos, retornaron funcionando a “full”, sobre las dos ménsulas que los soportan. La limpieza en líneas generales es solo buena, contando con varios basureros de gran tamaño.

Pero muchos viajantes, mientras hacen “el aguante”, prefieren arrojar al piso, los envases vacíos de las gaseosas o galletitas, servilletas de papel con rastros de aceite que envuelven a las empanadas, colillas de cigarrillos, latitas de cerveza, etc; por resultarles mucho más cómodo que levantarse y recorrer solo un par de metros. Por suerte estos últimos son los menos, porque pareciera que por vergüenza nadie quiere ser el primero en ensuciar.

De noche refresca y el calor no se siente, pero cuando el verano aprieta, la temperatura se hace sentir, especialmente en la hora de la siesta, por lo que se debería contar con unos cuantos ventiladores industriales de pala larga como para paliar la situación. El perímetro exterior  se encuentra con un cuidado discreto, que podría mejorarse aún más.

Lo que si necesitaría y con cierto carácter de urgencia una nueva  capa de asfalto en algunos sitios del patio de maniobras y en las mismas dársenas, con lo que completaría a grandes pinceladas los cambios y arreglos más importantes. También habría que hacer algo con su frente que luce sin gracia, faltándole algún toque de color, igual que en el interior del edificio.

Es el lugar más seguro de la ciudad

Contra todo lo que se pueda suponer, la seguridad de la Terminal está totalmente garantizada ya que cuenta  con el Puesto Policial  N° 3, donde se rotan durante las 24 horas, 4 sub-oficiales. A esto hay que añadirle 4 guardias de la misma terminal. Con todo ese equipo que trabaja mancomunadamente, se le suman, en períodos que varían de 15 a 20 minutos, las patrulleras que rondan constantemente por los alrededores.

Su sola presencia ya es un valioso elemento disuasivo contra cualquier problema que pudiera generarse por obra de pequeños rateros, ladronzuelos de poca monta, limosneros, u otra gente de mal vivir. Sin embargo durante las cuatro semanas que duró esta investigación, ningún contratiempo grave se presentó.

Y lo ocasional que pudo ocurrir, fue por cuenta de un minúsculo grupo de indígenas proveniente de Caaguazú y San Juan Nepomuceno, que se niega rotundamente a trabajar.

Los buenos y los malos

Todos los grupos o etnias de indígenas que viven en las cercanías de la Terminal, tienen varios enemigos declarados en común: el hambre, la enfermedad, la miseria y el abandono. Han dejado su tierra o bien fueron despojados de la misma y llegan en tropel, especialmente de Caaguazú, San Juan Nepomuceno, Campo 9 o Arroyos y Esteros.

Existen dos grupos bien diferenciados: los artesanos y los haraganes. Los primeros viven de la “bijouterie” que fabrican y venden. A estos se les permite un pequeño espacio dentro de la Terminal, en donde exhiben su mercadería. No molestan y se dedican a los suyos. Tienen un especial cuidado de sus hijos y los mantienen cerca y ocupados. El segundo grupo se constituye una verdadera plaga para los usuarios, policías, taxistas, chiperos, cambistas y demás fauna local.

A pesar de todos los intentos, no se ha conseguido hacerlos trabajar, es más, le interesa conseguir el dinero fácil mediante el llamado “aprete” con estoques caseros que ellos mismos fabrican. Y ese trabajo comienza cuando llegan las primeras sombras.  Cada tanto, el encargado de los asuntos indígenas de la Gobernación, se los devuelve a su lugar de origen, pero al poco tiempo regresan como si nada hubiera pasado.

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