miércoles, 15 de octubre de 2014

LAS BUENAS INTENCIONES QUEDAN POR EL CAMINO

No existe peor mal, para cualquier nación, que tener que enfrentar al temible monstruo de la corrupción. 

Este es una especie de cáncer que corroe las entrañas mismas de cualquier sociedad. Ningún país está exento de esta calamidad, ni siquiera los países del llamado Primer Mundo, lo pueden eludir. 
Siendo los países en vías de desarrollo, como los de nuestro continente, donde la corrupción forma parte indisoluble de la cultura popular. Se enquista en todos los rincones del aparato burocrático, no dejando títere con cabeza. 

No perdona edad, sexo, condición social, raza, religión, ideología política o cualquier casta o división que el ser humano acostumbra a etiquetar, a otro ser humano. 

Cuando se habla de corroer, también se habla de socavar los valores morales en desmedro de aquello que nos han enseñado, nuestros mayores, con amor y cariño. 

 Una vez que la corrupción se enquista es muy difícil extirparlo, debido a las innumerables ramificaciones que esta toma. 

Es la forma más rápida que alguien tiene de ganar dinero sin merecerlo, pero también el modo de ganarse a la corta o a la larga, unas posibles vacaciones en algún lujoso presidio. 

Casi ningún país se escapa de tener que enfrentar al temible monstruo de la corrupción, existiendo un gran abanico que abarca desde los menos corruptos como los países escandinavos (Noruega, Suecia, Dinamarca y agregándose Finlandia) hasta los más corrompidos como Nigeria, Somalia, Corea del Norte, Afganistán y Sudán. 

Nuestro país se encuentra muchísimo más cerca de Nigeria que de la lejana Noruega. 

Ahora bien, no solo la corrupción destruye la moral de un pueblo, y los buenos principios enseñados de generación en generación, también ahuyenta a posibles inversores que puedan desear instalarse en un determinado país. 

En el caso concreto de Paraguay, donde la corrupción es el pan nuestro de cada día, desde la época de la colonia, todo se hace muy complicado. 

Y es complicado describir lo que sucede, en el caso de Paraguay, donde la tierra es fértil en un 75 % de todo su territorio, y esta misma tiene un valor mucho más barato con respecto al metro cuadrado promedio de sus otros socios del Mercosur. 

Con una mano de obra también barata, esperando ser capacitada, ya que la que existía, ha emigrado, en continuas y masivas oleadas, buscando otros horizontes más propicios. 

Entonces uno se hace la siguiente pregunta: ¿Si nuestro país está beneficiado por tantos dones y constantemente se envían frondosas delegaciones a los llamados países del Primer Mundo?, ¿dónde están los resultados? 

Teniendo en cuenta que preparar una comitiva que tenga un promedio de 50 personas, con un avión alquilado, alojándose en suntuosas habitaciones, de hoteles de cinco estrellas y con comidas que no bajan de los 50 dólares el plato sin contar el vino, por supuesto. Todo esto sale una fortuna que lo terminamos pagando entre todos, con nuestros impuestos. 

Y estas comitivas son frecuentes y sumamente costosas, pero si analizamos sus resultados por cada dólar invertido en las azarosas expediciones, tenemos un enorme y contundente déficit. 

También han arribado a Paraguay, una gran cantidad de delegaciones comerciales de otros países, aparentemente deseosos de poder invertir su dinero en estas tierras. 

Brasileros, argentinos, coreanos, japoneses, chinos, alemanes, franceses, estadounidenses y canadienses son las nacionalidades de los potenciales inversores que desean radicarse aquí. 

Sin embargo existe una incógnita en toda esta ecuación que no termina de cerrar el círculo. Si arriban al país un promedio de 3 delegaciones comerciales extranjeras a sondear sus posibilidades, por mes. 

¿Cuál es el motivo por el que ellos dan tantas vueltas y finalmente se van por donde vinieron? Los pobres resultados están a la a la vista. 

Ya hace muchos años que la maquila, como figura comercial, se encuentra instalada en nuestro país, sin embargo son pocas las empresas que se han acogido a esta modalidad y eso que existen un promedio de 4 consultas diarias, que podrían ser consideradas serias, sin embargo algo no anda bien. 

El mismo aire enrarecido se respira en el Parque Chino, en Alto Paraná, un polo fabril-tecnológico auspiciado, por la Embajada China y que ayudo a traer capitales de dicha nacionalidad, más hoy en día su capacidad ociosa es llamativa. 

Lo mismo sucede con otros polos creados en distintos lugares del país, que comienzan con mucho entusiasmo pero que con el correr del tiempo, el ímpetu inicial se va diluyendo. 

La explicación es muy sencilla, apenas terminado de desembarcar, el inversor se ve rodeado por una verdadera una nube de funcionarios pedigüeños se les acerca amigablemente, con una sonrisa de oreja a oreja y que afirman que vienen a simplificarles los trámites de radicación, pero siempre por un precio bien módico. 

Ellos son tantos y de tan diversas jerarquías que al final terminan por marear a los ejecutivos. 

Muchos de ellos vienen con sus familias, por un tiempo promedio de 18 meses, con la función específica de capacitar a nuestra gente, y mentalizarlos con la filosofía de la casa central. 

Sin embargo, y aún teniendo todos los papeles en regla, siempre hay un incesante desfile de funcionarios de segundo y tercer orden, ávidos por darle un buen mordisco a un fajo de dólares. 

Pero claro, todos los burócratas tienen un paladar muy delicado, no quieren al burdo y vulgar guaraní, si no al internacional billete de color verde, que aunque no estando en su mejor momento, nadie hasta ahora lo ha regalado o prendido fuego. 

Hasta que un buen día, el inversor cansado de tener a varios “socios silenciosos” a la ganancias, termina por acobardarse. 

Levanta rápidamente campamento y se va a otro lugar más propicio, con todo su dinero a otro lugar más y nosotros nos quedamos con las mismas carencias de siempre.

Matando las ilusiones de cientos de obreros, perdiendo el Estado recursos esenciales para la salud y la educación. 

Si esto no es corregido rápidamente, seguiremos por siempre viendo como los otros progresan y nosotros nos quedamos con las ganas de despegar.

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