viernes, 24 de agosto de 2012

HEMOS PERDIDO EL JUICIO


Ya lo he dicho en varias oportunidades, y no me canso de repetirlo, una y mil veces. Por desgracia, vivimos en una sociedad totalmente enferma y alienada, que corre como loca, en círculos, del mismo modo que lo hace el perro cuando quiere morderse la cola.

Se desgasta en inútiles esfuerzos para luego quedar en la nada. Mi único consuelo es que el fenómeno es global. Es decir, que además de soportar nuestras propias locuras, también las importamos.

Sin embargo no deberíamos padecer semejante calamidad, ya que siendo tan poca la cantidad de habitantes que viven en nuestro territorio, comparando con los vecinos, no tendría que ser tan complicado sacarnos la alienación reinante. 


Sin embargo esto de ninguna manera es tan simple así. He notado que el paraguayo, en líneas generales, no se preocupa mucho por su salud física y recurre únicamente al médico cuando ya está en las últimas.

Si para hacerse un pequeño control sanitario es un verdadero drama; y me pregunto sin ninguna pizca de maldad, ¿Quien en este bendito país se encarga de velar por la salud mental de los ciudadanos? Aparentemente nadie. 

El paraguayo es muy prejuicioso en este sentido y pedirle que concurra a consultar a un psicólogo es casi un insulto, corriendo el riesgo de ser muy mal mirado y eliminado de inmediato de la lista de amigos.

No existe una conciencia a nivel nacional que nos indique que conservar la salud mental es tan importante como hacerlo con la salud del organismo. Jamás ninguno de los gobiernos posteriores al golpe de 1989, tuvo ni la previsión ni la disposición de invertir en centros de ayuda psicológica. 

Propiciar campañas masivas en escuelas, colegios, universidades, centros religiosos, clubes deportivos o donde fuera que se congregue la mayor cantidad de gente para  difundir los conceptos básicos de la profilaxis mental.

Sacar de la ignorancia a nuestro pueblo en este aspecto y dar por terminado con el estúpido tabú que consultar a un psicólogo es un claro síntoma de insania. Debe ser por eso que los psiquiatras y psicólogos en este bendito país, se mueren de angustia y aburrimiento en sus consultorios.

Ninguna madre quiere que sus hijos sigan esas carreras porque saben que en Paraguay no van a poder sobrevivir con esa profesión, a menos que emigren al exterior. Mientras tanto el único centro asistencial que funciona, y es una manera de decir, en todo el país, está en Asunción.

Allí se encuentra la mayor aglomeración de gente con trastornos mentales que jamás haya visto. En ese lugar son depositados seres humanos de todos los puntos de nuestra geografía y tratados como si no lo fueran. 

En la época que lo visité, acompañando a un amigo, los internos vagaban casi desnudos por los corredores y dormían en el suelo y no siempre sobre un colchón.

Comían lo que sus familiares les traían y los abandonados a su suerte, podían subsistir gracias  a la buena predisposición de los vecinos. Una cosa es verlo y otra muy distinto contarlo. Por primera vez en mi vida, sentí que me encontraba a las puertas del verdadero infierno. El edificio daba lástima y vergüenza al mismo tiempo. 

Con  sanitarios en un estado lamentable y un olor hediondo. Comentar  sobre su cocina ya es redundancia. Desde ya que se sobreentiende  que cuando llovía, había más agua adentro que afuera. Faltaban los elementos más indispensables y necesarios solo para una atención modesta.

Carecía de personal competente y capacitado, ambulancia y fundamentalmente un lugar adecuado y funcional para una correcta atención a pacientes tanto externos como para los internados. Un  edificio reciclado, con más de cincuenta años sobre sus cimientos, nunca fue lo más indicado para ellos.

Pero con un presupuesto anual más que miserable, no se puede mantener ningún tipo de estructura y mucho menos pensar en prevenir que otras personas como usted o como yo nos transformemos en muertos en vida. Sin derecho a nada, condenados  a recibir continuos maltratos, insultos y la indiferencia total de parte de parientes y extraños.

Volverse loco en una sociedad tan alienada como la nuestra no es nada raro ni difícil y con todas las presiones que se deben soportar en el día a día, nadie se encuentra a salvo de nada. Es probable que ya estemos todos un poco paranoicos, esquizofrénicos o ligeramente chiflados y sin ir más lejos basta con leer cualquier matutino para darnos cuenta que todos tenemos algo de insanos y diga si no ha leído alguna vez noticias locas como estas:

·        Un policía mata a tiros a su concubina por celos.
·        Un teniente del ejército se pelea para evitar el Alcotest.   
·        Campesinos quieren tener techo propio, pero regalado.
·        En ningún accidente, el responsable dice: “yo soy el culpable”.
·        Niño de 6 años acusado de abuso por besar en la mejilla a su compañera.
·        Adolescente cambia de colegio por denunciar a un compañero distribuidor de drogas.
·        Un preadolescente lleva pistola 9 mm a la escuela para demostrar  cuan macho es. 
·        Maestra despedida por reprender a un alumno indisciplinado.
·        Padres atacan a maestros por disciplinar a sus ingobernables hijos.
·        Uno ya no puede defenderse de un ladrón en su propia casa.
·        Pero el ladrón si puede demandarnos por agresión.
·       Si un policía mata a un ladrón armado, puede ser preso por exceso de defensa o  “gatillo fácil”

Puede ser que no andemos silbando por la calle “Balada para un loco” de Astor Piazzola ni que leamos cien veces “El elogio de la locura” de Erasmo, pero que hemos perdido el juicio, eso no me lo saca nadie de la cabeza y si no pregúntenle cuando quieran, a mi loquero de confianza. 

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