viernes, 12 de julio de 2013

VIVIMOS EN UNA JUNGLA

Una continúa ola de robos y asaltos están sacudiendo a nuestra querida Ciudad del Este. La golpea de manera incesante y contundentemente, provocando un pánico tan desconcertante que hasta muchos temen incluso, salir de sus propias casas. Esta alarma se dispara en cualquier momento, del día, entre todos los que habitan en esta ciudad tan cosmopolita, y no da ni un solo segundo de respiro. 

Desconsolador se ha vuelto, ver a la Policía Nacional y en especial al sistema 911, siendo estos, en determinados momentos, totalmente rebalsados por los malvivientes. Sin embargo, la fuerza policial sería solo una pequeña parte del problema, ya que además de la ineficiencia y la gran corrupción que corroe a esta institución, existen otros elementos muy poco contemplados. 

Tampoco tendría mucho que ver la falta de trabajo ni la situación angustiante que esta provoca. Ni la situación socioeconómica que se ha ido deteriorando desde hace unos 4 años aproximadamente. 

Lo llamativo de esta realidad es que la mayoría de los robos y asaltos están protagonizadas por gente bastante joven, que, en apariencia, no tendría ningún tipo de compromiso personal aún asumido. 

También es digno de remarcar que los casos de violación a menores, tanto a nenas como a varoncitos, se han disparado hasta índices no inimaginables. Son muchísimos los casos de este tipo que se pueden ver diariamente en las crónicas policiales de todos los medios masivos de comunicación. Como el caso que se produjo en abril del 2012; de dos hermanitas, de 6 y 8 años, quienes vivían en el km 30 de la ruta VII, y que fueron no solo violadas, si no también asfixiadas, presumiblemente por varios menores de edad totalmente drogados. 

Da cierto escozor en las entrañas, el solo pensar en la gran cantidad de niños y niñas, la mayoría con edades que no superan los diez años, siendo violados, generalmente por sus parientes más cercanos. Esto se ha instaurado no solo en los barrios más pobres y humildes de la ciudad si no que ya alcanza también a la clase media de nuestra región. 

No es menos cierto que, sea muy digno de destacar, es el notable aumento de la violencia innecesaria, en los asaltantes, que teniendo a sus víctimas ya totalmente reducidas e indefensas, proceden a golpearlas o a dispararles, en el peor de los casos. Muchas veces la violencia es potenciada por efectos de diversas drogas que utilizan los delincuentes, generalmente para darse valor. 

En otras épocas, se tenían como horas peligrosas, a aquellas en que bajaba la intensidad de la luz solar con el caer de la noche. Pero actualmente eso no tiene ninguna importancia porque también ha caído fuera de moda, ya que cualquier hora es buena para perpetrar un asalto. Muchas veces a pleno sol y con cientos de testigos de por medio y en las cercanías de alguna comisaría. 

No sirve de consuelo tener a muchos guardias de seguridad en las cercanías, ya que ellos, olvidándose totalmente de la solidaridad, nunca actuarán ante un eventual asalto, porque según las órdenes superiores, eso no les corresponde. Abandonar su puesto de vigilancia, por el motivo que fuera, es causal de inmediato despido. 

Los robos de los conocidos “caballos locos” ya han pasado a ser un simple juego de niños, en comparación con las víctimas que ocasionan el retiro de dinero efectivo, de cualquier cajero automático. Ojos en alerta, cierta dosis de valentía y nervios de acero, se necesitan para realizar una de las tareas más sencillas del planeta, pero que ahora se ha vuelto tremendamente riesgosa. 

Las motos con dos pasajeros a bordo, se han tornado una fuente inagotable de desconfianza, para la mayoría de los habitantes de Ciudad del Este. No solo porque conducen a una velocidad más que excesiva por las distintas arterias, de la ciudad, sino porque se ha instaurado la modalidad de los llamados “motochorros”, que en cuestión de segundos, asaltan, roban y desaparecen de la vista, como por arte de magia. 

Tampoco uno se encuentra totalmente a salvo, dentro de su casa, ya que la osadía de esta gente llega hasta límites realmente insospechados. Como por ejemplo, aprovechan para asaltar en fiestas, cuando la casa se encuentra abierta a todo aquel que se acerque a saludar a los dueños de casa. Demás está decir que siempre los invitados vienen con sus mejores galas, con lo cual, los botines de guerra, por lo general son suculento. 

Los domicilios particulares han modificado forzosamente sus fachadas, que se han llenado de rejas, porteros eléctricos, visores infrarrojos, cámaras de circuito cerrado de alta definición, sensores de movimiento, portones automáticos. Convirtiéndose en poco tiempo en verdaderas fortalezas, más parecidas a un presidio de alta seguridad que a una casa de familia. 

La población, ante el lógico miedo que siente a ser asaltado, se ha armado hasta los dientes, y no siempre sabiendo usar como se debe, lo primero que compre y le sirva de defensa. Muchas veces la falsa seguridad que otorga tener un arma encima, hace que se cometa el error de desafiar a quien nos agrede. Casi siempre la víctima sale perdiendo. 

También comprará perros feroces, con lo cual su presupuesto mensual se elevará a las nubes. Sin tener en cuenta que existe un pequeño problema al respecto. Es lo que se llama “efectos secundarios”. Estos perros no son realmente confiables teniendo criaturas en la casa. Por lo que se confirmaría aquel viejo dicho: “Es peor el remedio que la enfermedad. 

Los organismos de seguridad no aciertan a encontrar las medidas ciertas que contribuyan a disminuir los altos índices de inseguridad que tiene atemorizada a toda la población. Por desgracia, esta misma le ha perdido totalmente la confianza a la Policía Nacional, debido a la gran cantidad de asaltos protagonizados por elemento de esta misma fuerza. 

Y que no siempre son castigados por quienes deberían impartir justicia. La impunidad se ha hecho carne en nuestra sociedad y será un largo camino a recorrer para que esto se revierta. Locura, paranoia, demencia precoz. No, solo supervivencia en un medio que se ha vuelto demasiado hostil para vivir para vivir en paz.

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