lunes, 1 de diciembre de 2014

PERROS BUENOS Y PERROS ASESINOS

Desde que tengo uso de razón, siempre tuve un amor muy especial hacia todos los animales. 

Salvo por las arañas gigantes, de las que tengo un terror espantoso, pero eso ya es una historia que la convertí en un cuento corto y que, por cierto, me ha dado grandes satisfacciones. 

Y el gato, al que no le tengo miedo, pero sí una desconfianza casi instintiva, tal vez heredada e incentivada por mi mamá, que también sentía cierta aversión hacia estos felinos. 

Siempre cuento, a quien quiera oírme, que tendría que haber sido veterinario. en vez de ingeniero civil, ya que hice el ingreso a la primera carrera, pero como saque un flor de cero en Química, y como no quería perder un año, aproveché todos los conocimientos bien fresquitos en mi cabeza y opte por mi segunda opción, en mi pequeña lista de preferencias. 

Retomando el tema, lo que sí poseo, es una innegable predilección, imposible de disimular por los perros, quienes me acompañaron casi sin solución de continuidad, hasta la primera mitad de mi vida. Hubo un punto de inflexión en mi existencia que lo marcó Julieta. 

Esta era una hermosa y súper inteligente perra, cruza de pastor alemán y bóxer alemán atigrado. 

Tal rara mezcolanza le produjo una enorme pérdida, al criadero de perros, cuyo dueño era un viejo amigo. 

Apenas la vi, se produjo un amor a primera vista. La llevé directo al departamento de mis padres. 

Tuve que pelear bastante para que me la dejaran tener, ya que un piso, en pleno centro de Buenos Aires, no era lo más adecuado, para ese animal. 

Sin embargo gané aquella pulseada. Era una amiga fiel en las buenas y las malas, capaz de morder a la enfermera que me quería aplicar una inyección. Que viajó a mi lado, cualquiera fuera el medio que nos transportara. 

Comía lo que le diera, siempre estaba de buen humor, dispuesta a jugar a lo que se me ocurriera. 

En las largas noches de estudio de las nuevas licitaciones, ella se acomodaba, como podía, bajo la mesa de dibujo. 

Adoraba pasear en auto y odiaba recibir sus vacunas. La volvía loca de alegría, bañarse en cuanto charco tuviera a su alcance. Aprendía muy rápido, de un modo sorprendente. A veces me miraba de tal modo, que daba la sensación de querer hablarme. 

Y aunque no lo hiciera, ella igual se hacía entender. Sabía cuando cometía una travesura, ya que desaparecía por completo de mi vista, por un buen tiempo. 

Era sociable, con toda la gente, pero se ponía celosa cuando besaba a cualquier amiga.

Se podía oír, por lo bajo, su famoso “grrrrrrr”. Sin darme cuenta el tiempo fue pasando y ella haciéndose, más y más viejita y yo casi sin darme cuenta de ello. 

Los primeros síntomas que pude detectar, en ella, fue su incontinencia urinaria. Siempre me avisaba para salir a la calle, hasta que llegó un día, que no aguantó más y terminó orinando en el ascensor.
 
Ahí fue cuando finalmente decidí llevarla a mi veterinaria de confianza. Mi amiga la conocía de punta a punta, la vio crecer, a partir de los 10 días de vida. 

Con ella aprendí muchas cosas, incluso a darles las vacunas, a curarles sus garrapatas, a darle la comida indicada y las cantidades apropiadas. A enseñarle a vivir en un departamento y a viajar en avión. 

Los tres fuimos inseparables por muchos años, sin embargo, en el medio, tuvimos una pequeña separación de seis años en los que me fui a estudiar a Estados Unidos. 

Cuando volví, algunas cosas habían cambiado. Mi amiga ahora estaba casada, Julietita estaba ahora con todo su hocico blanco, alegre como siempre, pero mucho más lenta que antes, mientras que yo había regresado con mi flamante título a cuestas. 

Ya no podía volver a vivir con mi mamá y mi hermana luego de probar el gusto de la independencia. 

Con un pequeño ahorro más el dinero que me dieron por la venta de mi viejo Volvo, el mobiliario y los electrodomésticos, conseguí comprar un coqueto departamentito, de un solo ambiente. 

Unos tres años después, ella comenzó a perder la vista y su oído se hizo menos agudo. 

La pobre ya se movía como en cámara lenta y permanecía la mayor parte del tiempo durmiendo. 

Así que no me quedó otra alternativa, que llevarla a la clínica veterinaria de mi amiga. 

Y que ella le hiciera un rápido examen. Me explicó que ya estaba demasiado viejita y que la siguiente etapa sería una espantosa artritis. Lo mejor de todo era ponerla a dormir y evitarle un sufrimiento innecesario. 


Nunca supuse que ese sería el último adiós a Julieta. Las cuadras que me separaron de regreso a mi domicilio, no impidieron que llorase como una Magdalena. 

Tenía que caminar escondiendo la cara, para que la gente que pasaba a mi lado, no me viese. 

Durante mucho tiempo llevé, con mucho dolor, en mi corazón, el merecido luto por tantos años de amor, lealtad y amistad que me había entregado sin retacearlo. Por eso juré solemnemente jamás volver a encariñarme con otro animal. 

Ella jamás me mordió, ni siquiera por descuido y eso que jugábamos siempre muy “a lo bruto”. 

Lo que sí me preocupa, es leer, casi todos los días, en los medios masivos de comunicación, alguna noticia que involucre a perros tan agresivos que destrozan a sus dueños o a terceros inocentes.

No entiendo como ellos son mantenidos en casas de familia, poniendo en riesgo la seguridad de un hogar. 

Tengo muchos amigos que poseen esta clase de perros, a los que exhiben con verdadero orgullo. 

Los pasean haciendo gala de sus proezas, así como de su latente ferocidad. 

Pitbull, Doberman, Dogo Argentino, Fila Brasilero, Akita Inu, Bull Terrier, Rottweiler, todas razas diseñadas genéticamente para cazar animales más grandes y agresivos que ellos mismos. Por lo que eso de atacar y matar lo llevan implícito en sus cromosomas. 

Poseer a uno de estos animales, es como estar sentado sobre una bomba de tiempo: nunca se sabe cuando pueden estallar. O si prefieren una especie de ruleta rusa. 

No se olviden que por más cariño reciproco que se hayan prodigado, sigue siendo siempre un peligroso animal salvaje. 

Los defensores de esta clase de perros, tienen muchos argumentos valederos, pero aún así, antes de llevar un perro de estas características, a su casa, busque en la red, vea un poco y luego haga lo que crea conveniente, bajo su propia responsabilidad.

3 comentarios:

  1. AMO A LOS PERROS, PERO NO TENDRÍA A NINGUNO DE ÉSTOS MODIFICADOS GENÉTICAMENTE, PORQUE NUNCA SABREMOS TODO EL ALCANCE DE SEMEJANTE MANIPULACIÓN DESDE MANOS DE HUMANOS FINITOS...

    ResponderEliminar
  2. Mi estimado Riste, luego de leer tu intersante y no menos inquietante artículo, encuentro que al final, tu mismo pones una de las respuestas, un cuadro comparativo desde los años 70s hasta nuestros días. Pero vamos con el tema, de la misma manera que existen hombres "Buenos y Malos", lo recalco entre comillas, también debería haber animales buenos y malos, pero no es asi. El hombre no nace criminal, se hace criminal; los animales en este caso, los perros, tienen instintos (como los hombres), pero ya existen pruebas de la racionalidad de los animales, tu lo mencionan al decir que Julieta desaparecía por completo de tu vista cuando ella "Sabía" que había hecho algo malo. Todos los animales, por feroices que estos sean, pueden ser educados o reeducados hasta el punto de hacerlos nobles e inofensivos compañeros del hogar, asi sea un tigre, león, lobo o cualquier otro animal, no es fácil, tampoco dificil, pero requiere paciencia y dedicación, asi lo demuestra Cesar Millán, quien escribe muchos libros respecto a la crianza de perros. Por tanto, en esta oportunidad, siento discrepar con tu comentario. Los animales son comno los seres humanos, los niños mal educados, pueden convertirse en pandilleros o en criminales desalmados, a la inversa, los hijos de grandes criminales pueden ser hombres de bien, en los genes están todos los componentes para hacer de los hombres, "Buenos o Malos" al igual que en los animales, gracias.

    ResponderEliminar
  3. Todo depende del dueño. Si este es un sádico y adiestra a su "mascota" para ser un asesino eso será. Por otro lado, aunque para muchos no sea evidente, es que cada animal debe tener un espacio adecuado a su tamaño y capacidades. Es ridículo ver departamentos dos por dos donde conviven ovejeros alemanes o doberman con los propietarios. Es lógico que en estas condiciones el animal se volverá loco.
    Lamentablemente vivo en departamento y no me gustan los perros- peluche pero no por ello voy a tener un ovejero alemán que requiere un parque para recorrer. Asi que hasta que no me gane la lotería seguiré sin perros,

    ResponderEliminar