martes, 14 de julio de 2015

VOTANDO AL ENEMIGO

De toda la cadena evolutiva de la civilidad, en cualquier sociedad, es el simple ciudadano el eslabón más débil. 

Es a quien considero el punto vértice de una pirámide invertida, quien soporta por completo, el peso de la estructura. Y casi nunca obtiene todos los beneficios que merecería por hecho y por derecho. 


Ahí nacen los postulados de la desigualdad social, que por desgracia, nunca terminarán de equilibrarse en la veleidosa balanza de la justicia.

Una justicia demasiado lenta y sumamente cara, que en realidad ya ha dejado de ser, hace rato, justicia.


Las leyes exigen que para que todo sea muy civilizado, ese ciudadano debe imperiosamente delegar toda la esencia de sus necesidades, en otra persona que lo represente en un congreso. 

Este es el nacimiento del calvario para el simple ciudadano, que según, a su pobre entender, todas las leyes fueron hechas para defenderlo, pero en los papeles, porque en la realidad casi nunca esto se cumple. 

El hombre (lo digo únicamente como genérico) debe unirse con otros seres que piensen igual a él (cosa que casi nunca ocurre) y elegir a un candidato.

Este deberá reunir varios requisitos de los que cumplirá la mitad, pero tiene el beneplácito de los poderosos y de sus compañeros de ideas, que cumplen la función de aduladores, y que por supuesto, buscan sacar su propio rédito.

Estos acatarán las órdenes de aquellos sin chistar y bajando la cabeza. 

La primera regla del político que se precie; aprender el sutil arte de la manipulación. Sin este artilugio nunca vencerá como candidato, porque sus oponentes, y son muchos, ya lo tienen bien incorporado.

Puede que haya algunos espasmos dentro de los distintos candidatos dejados de lado, pero por la salud de un bien mayor, los perdedores deberán meterse el orgullo manchado en aquel lugar donde nunca da el sol.

Una vez ya unificado los criterios, al menos en apariencia, tendrán que apoyar al elegido por encima de los demás candidatos. 

Ahora comenzará la verdadera lucha por el poder, es así que el posible candidato a ocupar un cargo estatal, llevará tras de sí, una numerosa corte de aduladores que lo asesoran sobre la mejor manera de prometer todo lo que la gente quiere y necesita oír, comprometiéndose lo menos posible.

El probable candidato, por las dudas, rezará fervorosamente para que su electorado tenga muy mala memoria. 

Recorrerá hasta el último pueblucho perdido, siempre con su acostumbrado séquito de adulones.

Y hará todo lo que se espera de él. Saludara con un apretón de manos a cuanto personaje local se le acerque. Besando a diestra y siniestra a todos los bebes y tiernos ancianitos. Eso sí, sin dejar de sonreír ni siquiera un instante. 

Mucha charla intrascendente, repitiendo las mismas palabras una y otra vez, como si llevara un pendrive en su cabeza, con todas las cosas que debe decir, pero en el momento oportuno.

Las mismas promesas de siempre, que jamás cumplirá, ni que se lo demanden con insistencia. 

Más tarde, el consabido almuerzo o cena con todos los votantes arreados. Finalmente a los postres, algunos discursos aburridos más y muchas cabezas asienten con alegría y baten palmas, mientras los petardos suenan por doquier. Molestando a todos los del barrio, pero que importa, que se la aguanten, ¡¡hoy habla el doctor!!

Este quedará totalmente agotado luego de su gira proselitista, pero el cansancio quedará totalmente compensado con la utilidad que pueda redituarle un cargo estatal. Al que ya lo siente en la puntas de los dedos. 

El político no mediría medios ni esfuerzos para conseguir la meta que se ha propuesto.

Porque intuye que al termino del camino, encontrará la olla de oro al final del Arco Iris. 

Según las malas lenguas, es su meta perseguir ansiosamente la deseada recompensa en metálico y de ningún modo lo mueve su cuestionada vocación de servicio. Todo se hace en pos de un mañana asegurado para él y toda su parentela.

Ese es su motor, que lo impulsa a mentir, a prometer con falsedad, hacer alianzas con Dios y con el Diablo, y con la mente puesta en una idea fija. 

Aún no llegando a su cometido, se habrá asociado con tanta gente que, como los gatos, siempre caerá parado. Su premio consuelo no será nada desechable, y esto le dará la suficiente energía y reserva monetaria para emprender en otra ocasión, ya con mucho más experiencia, la caza del premio mayor. 

A pesar de todo, apenas tome posesión de su cargo, lo primero que hará es refaccionar su oficina, antes que repasar las necesidades inmediatas de aquellos que confiaron en él, dándole su voto. Con lo que hará honor al primer mandamiento del político: Primero yo, segundo yo y tercero yo.

Casi sin darse cuenta, los vecinos observaran como aparece en la puerta de su modesta vivienda, una poderosa 4 x 4 nuevita. Al poco tiempo después, aparecerá en escena una numerosa brigada de obreros, remodelando la morada. 

Como abejas laboriosas se moverán aceleradamente colocando los mejores artefactos que el dinero puede comprar. Su aspecto exterior dará un giro de 180 grados. Se volverá de pronto, un modelito de tapa de revista femenina. 

Se lo verá en las notas gráficas sonriente, nadando en la piscina de su nueva quinta de fin de semana. Él y su señora, que en muchas ocasiones deberán asistir a pomposas reuniones sociales, tendrán que tomar clases intensivas de etiqueta y cultura general. Todo para ponerse de acuerdo a su nueva condición social. No faltaran los que enterraran su pasado de amplias necesidades ni mencionar que sus padres eran campesinos.

Sea como sea, usted sin querer, habrá conspirado todo el tiempo a favor de él, siendo un verdadero idiota útil, al darle su valioso voto, de buena fe, y con todos los sueños puestos en aquella mágica urna de los escrutinios.

Le robará la posibilidad de una vida mejor para usted y sus hijos. Con el correr de los meses, usted solito descubrirá que la confianza depositada en ese candidato fue mancillada. 

Lo único que hizo fue entregarle el voto a un extraño que se metió en su vida, en su casa y que de una manera u otra va a alterar su futuro. Por eso, antes de entrar en el cuarto oscuro, piense en jamás darle su valioso voto a un enemigo.

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