viernes, 17 de febrero de 2012

CON LA CABEZA EN EL INODORO

Después de un hecho perturbador, como la muerte de varios jóvenes alcoholizados, llegan a conmover hasta los cimientos mismos, de toda la sociedad, como han sido los últimos sucesos acaecidos.
 
 
Siempre es conveniente sacar conclusiones, luego que la espuma se va decantando y los ánimos exaltados logran apaciguarse, al menos en apariencia.

Es esta misma comunidad que se encuentra profundamente sensibilizada, muy confundida, pero por sobre todas las cosas, gravemente enferma.
 
Muestra de ello lo ha dado repetidas veces, solo que las desgarradoras voces, pidiendo auxilio, jamás han sido escuchadas.


Chicos "farreando" a las tres de la madrugada, con la música a todo volumen, en las costosas camionetas de  sus “papás”, con nenas de apenas 14 o 15 años montadas como pueden, sobre la carrocería y haciéndole gestos obscenos a quienes acierten a encontrarse a su paso.

Farras y cumpleaños de menores adolescentes que comienzan a medianoche, para terminar quien sabe qué hora.  Porque de otra manera no sirve. Es como que en la oscuridad que reina durante la noche, todo está permitido, todo es válido y existe carta blanca para transgredir todo aquello que se encuentra establecido, incluso las leyes. 

Un maleducado jovenzuelo o una nena que recién ha aprendido a lavar su propia ropa interior, creen que amparados en una falsa rebeldía, pueden hacer cualquier tipo de tropelía y quedar impunes, apoyándose siempre, en los fuertes sentimientos que tienen sus padres hacia ellos, y en  las “influencias” que estos poseen, en los círculos de poder; para así evadir, cualquier tipo de reprimenda o el verdadero castigo que merecen.

Los mismos padres y profesores consienten que en los bailes que realizan los estudiantes para recaudar fondos, se ingiera alcohol, no importando la cantidad que sea. Al contrario, le llenan sus conservadoras  hasta el tope, y sienten cierto tipo de orgullo, al ver que sus descendientes siguen fielmente la tradición alcohólica familiar.

Esos gritos desgarradores de estos jovencitos que no tienen un modelo o una guía a seguir; piden ayuda y lo manifiestan portando armas sustraídas a sus padres o bien compradas en la esquina de sus casas. Muchas veces las lucen alardeando de “machos” en sus mismos colegios, (de vez en cuando ocurre una desgraciada tragedia) o en los habituales lugares de reunión.

Comprar droga para ellos se ha vuelto un procedimiento tan sencillo como quien va a comprar chicle al almacén del barrio. Y cuando el dinero no alcanza entonces se trafica con sus propios amigos o conocidos. 

Muchos de los códigos que manejábamos los jovenzuelos de otras épocas, han cambiado con el correr del tiempo. Muchos de ellos, para peor.

En la actualidad, para ir a bailar, los varones se visten tan informalmente que hasta los suelo confundir con pordioseros, ya que inclusive, y para mi sorpresa, los veo calzar “zapatillas”. 

En cuanto a las niñas, definitivamente han perdido la elegancia y el encanto que las caracterizaba especialmente para este tipo de encuentro. Lo han sustituido por un grosero y provocativo erotismo. Salen bastante “tapaditas” de sus casas, pero en la discoteca, ponen toda la carne en exhibición, a la espera que la oferta sea bien aprovechada.

La máxima diversión de la noche, pareciera que fuera solamente beber todo el alcohol que se pueda consumir o que el dinero pedido a los padres, se termine irremediablemente por agotar. 

Las actuales parejitas no dialogan, ni buscan conocerse, solo bailan frenéticamente como un medio de pasar el tiempo no con un fin social, lo que los vuelve mucho más solitarios todavía. Cada uno de ellos se encierra en sí mismos, en su propio mundo interior y solo se comunican, parcialmente,  por medio de sus celulares.

Sus padres los han dejado demasiado tiempo, en manos de una empleada doméstica, mientras aquellos intentaban darle una vida mucho más cómoda que las que ellos tuvieron a su misma edad. Cuando ocasionalmente se encuentran no se hablan porque nunca existió el dialogo. Son desconocidos viviendo en la misma casa. El padre nunca supo cumplir su rol y el hijo creció como pudo.

Estos mismos jóvenes, tampoco supieron sacarle partido a la holgura económica, que gozaban, en un esfuerzo productivo. Al contrario la desatención paternal se potenció, y terminó convirtiéndolos en haraganes, pedigüeños, consentidos, maleducados, egocéntricos  y por sobre todas las  cosas, en verdaderos parásitos de su familia. El caldo de cultivo propicio para que se críe un potencial delincuente.

Ya no son más niños de pecho, ya se han convertido en casi adultos y todavía no saben qué hacer de sus vidas. Este es el resultado de años de querer comprar el cariño. Nunca una palabra amable, jamás se le demostró interés en lo que ellos hacían y lo que les gustaría hacer en un futuro. Se cambió solamente dinero por consejos;  auto por compartir un partido de fútbol; un viaje a Estados Unidos por estar juntos durante el asado de los domingos. Tantas cosas se perdieron, hasta sus propias vidas.

Quisieron hacerles un bien y les causaron el peor de los males. Pensaron que dándoles dinero compraban su amor y se equivocaron. El amor no se compra en la despensa de la esquina. El amor se lo gana. Aún el de padre. No basta con concebirlo. Es justamente ahí donde comienza todo y aunque parezca mentira, la responsabilidad no se acaba nunca.

Al darles todo servido en bandeja, los perjudicaron. No los dejaron crecer así como tampoco cumplieron con la verdadera función que tiene todo padre. Darle los elementos necesarios para saber defenderse en la vida. No les enseñaron a tomar responsabilidades y a responder por ellas. Sin el cuidado del ojo de los padres, crecieron como los yuyos, y sin saber cómo o cuando se fueron torciendo por el camino.

Es imposible para mí, ocultar mis emociones tras este escrito, sin embargo, creo que a veces Dios compensa algunas cosas, balanceándolas en una mágica armonía. Es en momentos como estos, que siento mucho la pérdida de mis tres hijos, acontecida hace ya varios años. 

Sin embargo Dios me los repuso en los cientos de alumnos a los que he adoptados como hijos, y a los cuales nunca les he mezquinado una sugerencia, una idea o un buen consejo. O simplemente una palabra amable o un gesto de cariño.

Tampoco jamás les retacee mi tiempo, al escuchar sus problemas o preocupaciones. Cosas que no siempre hacen padres y profesores. Uno por irresponsables y otros porque dicen que no se les paga para esos menesteres. Es por eso que teniendo sentimientos tan contradictorios me siento como si tuviera la cabeza metida en el inodoro. Porque todos los excrementos que estaban escondidos han salido a flote y nos ha salpicado a toda la sociedad sin excepción alguna. 

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