viernes, 28 de diciembre de 2012

CARNICEROS AVALADOS POR EL MEC

Muchos comentarios le he dedicado a nuestra educación, en el curso de estos últimos casi cinco años. El primero que recuerdo era: “Mamá, me recibí de mediocre e inútil” y en el que me refería al egresado/a de la enseñanza media que se enfrenta al mundo real, y no tiene los elementos necesarios ni suficientes como para acceder a un buen empleo, ya que esta no lo capacita para nada.


Luego recuerdo a “La Bombachocracia nos ataca” donde comento del raro fenómeno que se está produciendo, al encontrar en un aula universitaria a 40 mujeres y solo a 4 ó 5 varones, con lo que puede producirse, en un corto tiempo, que las mujeres profesionales deban elegir a su pareja entre mecánicos, chóferes, o mozos de bar. Sin ánimo de desmerecer a estos oficios. 


Luego llegó el turno de “El almacén de los posgrados” donde acometí contra la gran cantidad de universidades nuevas autorizadas por el MEC, muchas de las cuales, sin tener una categoría reconocida, se animaba a entregar diplomas de posgrados como si esto fuera una simple mercancía. 

En otro comentario, que denominé “Neuronas sin fuego”, declaraba que no veía con satisfacción a los futuros egresados de la carrera de Filosofía de la UNE, ya que no los hallaba como a la futura generación de intelectuales que guiarían a sus compatriotas por nuevos andariveles, más elevados que los actuales. Así como la endeble calidad académica de su profesorado. 

Por todo lo mencionado, y agregándole haber notado que los nuevos contadores apenas saben hacer un asiento contable, abogados recién recibidos que no conocen como se redacta un simple escrito para un juez. Muchos egresados de Ciencias de la Comunicación no pueden articular una sola línea que tenga sentido. 

O cuando se enfrentan a un micrófono, no tienen la suficiente consistencia que denote capacidad para afrontar una audiencia más o menos exigente. Ni hablemos de colocarse frente a una cámara de televisión, porque ahí sí que puede pasar cualquier cosa. 

En resumen, según en mi humilde opinión, tanto la formación académica como el verdadero deseo de aprender de los jóvenes universitarios, muy por encima de la calificación numérica, han descendido hasta niveles casi intolerables. 

Y no hablo de una universidad o una carrera determinada, sino que involucro a todas, junto con un sistema perverso de pésimos sueldos que aleja a los mejores educadores, dejando solo a los mediocres, que por obra de astutas artimañas permanecen indefectiblemente y no terminan jamás de decantarse. Un sistema que no le gusta tener gente pensante porque es demasiado peligroso y jamás colocarían una guillotina pendiendo sobre sus propias cabezas. 

Es por eso que de las distintas facultades de Filosofía, existentes en el país, ya no producen líderes intelectuales que se conviertan en iconos del pensamiento paraguayo. Toda nuestra intelectualidad ha emigrado y las nuevas generaciones no tienen un sello propio, sino son copia de modelos obsoletos del extranjero. Como van a adquirir personalidad propia si no se les enseña a pensar. Ni hablemos de investigar o difundir los logros tecnológicos porque ya es entrar en terrenos de la mismísima utopía. 

Que los distintos funcionarios digan que no existen fondos para reforzar el presupuesto en educación, es algo no creíble teniendo muy en cuenta que nuestra Constitución Nacional contempla un mínimo del 20% cuando ridículamente se destina apenas un mísero 3%, con el que se tiene que sostener durante un año toda la estructura educativa nacional. 

Sin embargo, otros estamentos parásitos del Estado, como los parlamentarios o los concejales de los departamentos o de los municipios, que por obra de la casualidad, jamás se han abocado a las tareas para las cuales el pueblo los destinó, sin embargo cobran desmesurados honorarios por su pobre trabajo. Ahí habría donde tocar fondos y trasladarlos urgentemente a Educación. Quien permanentemente sufre constantes y malévolos recortes. 

Ahora bien, como antes dije, si los egresados de aquellas carreras son, como se dice ahora, “de terror”, como estarán preparados los futuros médicos, es la simple pregunta que me hago. Con una salvedad. Si un contador hace un mal asiento, no pasa nada. Si un abogado escribe una espantosa presentación a un juez, no pasa nada. 

Si un periodista gráfico, de radio o de televisión irradia una falsa noticia, puede crear una tremenda confusión, pero siempre hay espacio para una disculpa o un derecho a réplica, no pasa absolutamente nada. Pero por desgracia, con un médico no ocurre lo mismo, ya que un ligero error de apreciación en un diagnóstico o en el recetado de un medicamento equivocado sucede lo que en guaraní yopará se dice: “Amontema la kachaka”. 

El médico es como el arquero en el fútbol  Todos se pueden equivocar, hasta el entrenador, pero si un guardameta comete un error o tarda un segundo más de lo debido, nadie lo perdonará y su falla será recordada, por toda la eternidad. Para que esto no suceda, tiene que ocurrir varias cosas importantes. Amar la profesión por sobre todas las cosas, tener temple, saber sobrellevar el dolor ajeno, no aprovecharse del enfermo indefenso, entre otras cosas. 

La medicina no es para cualquiera y no basta solo con tener vocación de servicio. Desciendo de toda una familia de médicos en donde soy el único que cambió el bisturí por el hormigón. Sé de lo que hablo. Las cualidades necesarias para un buen médico se verán cuando con el correr de los años académicos muchos vayan quedando por el camino y los verdaderos que atraviesen la zaranda tienen una oportunidad y aún así, me quedan mis dudas.

Porque el nivel es bajo, los estudiantes pasan las materias más con suerte que con conocimientos, porque no existen los controles como antiguamente se hacía, porque no me consta que todas las nuevas universidades estén en regla, y porque si me consta que en los hospitales tanto públicos como privados se juega con la vida humana, practicando con uno como cobayas. 

En una profesión que se ha mercantilizado hasta las nauseas. Y tampoco me consta que el MEC no vaya avalar a los nuevos carniceros que vayan surgiendo de esta profesión.

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