viernes, 24 de mayo de 2013

ADIÓS FERNANDO, HOLA FEDERICO

Como un verdadero torbellino en plena ebullición, y con la velocidad del rayo, en cuestión de apenas 24 horas, nuestro país cambió de presidente. 

Tendríamos ante este evidente hecho trascendental, en la reciente historia paraguaya, dos posturas totalmente opuestas y contradictorias, pero ambas formarían de por sí, una parte de la verdad absoluta de lo que sí realmente pasó aquel histórico fin de semana en el Congreso de la Nación.



Pero para llegar a este angustiante y dramático desenlace, tuvieron que transcurrir casi cuatro años, en un país demasiado necesitado de urgentes transformaciones económicas y sociales. Pero que debido  a los pésimos cambios de timón, hecha por las últimas gestiones, se fueron postergando.

Sin embargo existen algunos pequeños cambios altamente sospechosos a los que los malos políticos apelan casi siempre antes de las elecciones y que son intensamente prometidos durante las esperanzadoras campañas proselitistas. Pero que al fin y al cabo nunca las promesan fueron cumplidas, ni siquiera en parte.  Esto ha hecho que desde 1989 a la fecha, el nivel proporcional de votantes haya disminuido notablemente luego de cada elección.

La tan famosa reforma agraria, infaltablemente citada en todo  pomposo discurso de político que se precie de tal, no se promulgó, los indígenas no consiguieron ninguna de todas las reivindicaciones pendientes, como tampoco en ningún momento se intentó implementar algunas medidas administrativas que condujeran hacia una más justa distribución de la riqueza, en nuestro país. 


La corrupción que fue tan criticada, cometida en casi todas las gestiones anteriores, no fue ni desterrada ni desactivada, al contrario, a veces parecía cobrar nueva y vigorosa fuerza. Esta es una vieja lacra enquistada en nuestra sociedad, desde casi el mismo momento en que los invasores españoles pisaron nuestras tierras. Y tanto mal nos ha hecho que finalmente terminó socavando la integridad y la transparencia en la mayoría de las instituciones estatales.

La inseguridad se volvió, por momentos, realmente insoportable, con decenas de asaltos a mano armada,  y con cifras que batían todos los record anteriores. Proliferaron nuevas modalidades de despojo en la calle, en los colectivos urbanos y de larga distancia y hasta llegar al colmo de invadir domicilios durante algún festejo familiar. No hay que decir que el desborde delictivo terminó por superar holgadamente  a las fuerzas policiales. 

Se alentó abiertamente las invasiones de tierras, desde el mismo poder ejecutivo y su primer anillo, sin importarles  que se quiebre reiteradamente el inalienable derecho a la propiedad privada, y también siendo fielmente seguido por declarados y notorios referentes de la izquierda nacional que criminalmente inducían al uso indiscriminado de la  violencia. Por lo que a los jueces y fiscales les ataron sus manos.

La Policía y las FFAA fueron maquiavélicamente descabezadas, pasando a ocupar los puestos de máxima jerarquía, personal de rango muy inferior y con mucho menos capacidad que la mayoría de los destituidos. Todos sus movimientos fueron acotados y se les coartó toda iniciativa de actuación, especialmente en el desalojo de los autodenominados “carperos”.

Pero la llamada Masacre de Curuguaty y todo lo oscuro que lo rodeó, fue el verdadero detonante que terminó por saturar la santa paciencia de gran parte de la población y esta misma se encargó de presionar al Congreso para que destituyera al entonces presidente Fernando Lugo. Sin embargo fue un discurso insulso e inexpresivo, cuatro días después, de aquella pequeña guerra civil, lo que terminó desatando la ira de la población, y de todos los parlamentarios.

Por lo tanto no resulta tan llamativo el hecho que por primera vez se hayan unido, en coincidencia,  todas las bancadas, para defenestrar el entonces presidente. Esto sería tal vez la versión mayoritaria, pero una parte ínfima de nuestra sociedad, afirma exactamente todo lo contrario y también tendría ganada su buena parte de razón. 

Si examinamos la cosa con cierta dosis de coherencia podríamos decir que un congreso integrado por una mayoría totalmente corrupta nunca puede ser juez y verdugo al mismo tiempo. En un recinto donde impera el nepotismo, muchos de ellos son poseedores de terrenos que han usurpado con malas artes y que deberían ser  parte de la tan postergada reforma agraria.

tros congresistas llevan una vida ostentosa, digna de un maharajá y que no condice con las entradas declaradas que percibe, sin dejar de nombrar a aquellos que proponen leyes retrógradas que permitan fumar en lugares cerrados, cuando en todo el mundo se hace totalmente lo contrario.

Que no tengan procesos judiciales por delitos varios y ni que se protejan unos a otros, detrás de sus fueros parlamentarios. Ni tampoco que usen los bienes del Estado como si fueran propios. Que tienen tanta soberbia que hasta se auto-aumentan sus propios salarios a discreción. En resumen, que en su conjunto no poseen una verdadera catadura moral como para juzgar a otros por los mismos cargos con que acusan. 

Todos estos alegatos son lo que aportan aquellos que afirman que lo sucedido en aquel 22 de junio de 2012 solamente fue un típico golpe de Estado dado por el Parlamento, que paradójicamente se ha arrogado en los últimos tiempos una postura como si tuviera súper poderes o que tiene un plus que hace que se sienta superior a los demás organismos estatales.

También aseveran que a dicho malsano acto lo han revestido con una cierta legalidad tendenciosa, ayudado por una prensa manipuladora y grupos de derecha intransigente y eso puede también que sea probablemente cierto. Pero los lectores no deben olvidar que para que aquello pasase tuvieron que suceder desde luego muchas cosas no muy buenas. 

Pero a esta altura de los acontecimientos, solo Dios y el tiempo dirán si eso fue un verdadero atropello a nuestra Constitución Nacional o fue un acto de absoluta defensa de las instituciones establecidas contra grupos fundamentalistas de izquierda. Mientras tanto Federico se encuentra muy sonriente, pero en el ojo de la tormenta y en la mira de los otros pueblos del Mercosur, que no han visto con agrado lo aquí resuelto. Mucha suerte Federico, que vienen días muy duros.

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