martes, 7 de mayo de 2013

DALE QUE TE DALE A LOS PETARDOS

Existe una siniestra costumbre que tienen la mayoría de los paraguayos y cuyo significado nunca nadie me lo ha podido explicar aún. Me refiero a la maldita y estúpida práctica de explotar petardos para conmemorar cualquier cosa. Celebraciones que van desde una simple procesión de santo hasta el fin del año.


Pasando por la gastronómica y salvadora fiesta comercial de la  Navidad, el cumpleaños del fundador del Partido Colorado, el 18 de Octubre, todos los clásicos entre Olimpia y Cerro Porteño, los partidos de la Albirroja, San Blas, un partido de voley entre solteros y casados, el aniversario de casamiento del vecino, “ere erea”


No quiero tampoco pasar por alto, todo tipo de manifestaciones políticas, sindicales, reivindicaciones campesinas, procesiones religiosas, comienzo y final de cualquier huelga, para anunciar los tantos durante el infaltable picadito de los domingos. Todas las excusas para estos salvajes festejos son buenas y cualquier ocasión parece ser oportuna para detonar varios de ellos.

El tema, mis apreciados lectores, es que esta condenable practica, tan arraigada dentro de nuestras tradicionales costumbres, no deja de ser una insoportable molestia a quienes no compartimos dichos festejos, por lo que debemos escucharlos aún en contra de nuestra voluntad, generándonos una molestia imposible de disimular. 

Una verdadera estupidez  que además de causar ciertos deseos de huir de semejante ruido irritante y ensordecedor, termina asustando a los niños, a los bebes, indisponiendo a los ancianos, despertando a los enfermos y hasta a nuestras mascotas aterrorizadas ante semejante bombardeo, corren despavoridas a buscar refugio debajo de la cama o  cualquier lugar escondido, lejos del bochinche, que les proporcione algo de protección. 

Pero por desgracia, los que siempre llevan la peor parte son las criaturas, quienes en su afán de diversión, no miden el verdadero peligro que corre su integridad física. 

La publicidad incisiva, la permisividad de los padres, y la insistencia agresiva de los niños, conspira para que continúen ocurriendo este tipo de tragedias familiares que bien pueden ser evitadas.

La filosofía de mi familia nunca fue el castigo corporal, si no mostrarme directamente los efectos que causa la desobediencia ante el verdadero peligro y el no darle la suficiente importancia. 


Es por ello que mi papá, el médico, me llevaba a sus guardias en el Hospital Evita de Lanús, a 15 Km. de la actual Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para que viera “in situ” lo que le sucedía a otros niños por ser demasiado traviesos. 

Siempre me decían que una sola mirada evitaba cientos de inútiles palabras. Lo que en realidad es muy cierto. 

En aquellas terribles guardias, con apenas 7 u 8 años, tuve la suerte o la desgracia, según se quiera ver; muchos cuadros desgarradores, con niños ya inválidos para el resto de sus vidas, mientras que su lado, contundentes miradas de reproche entre sus padres.

Pero el daño ya estaba hecho y no siempre una buena cirugía reparadora podrá restablecer todo el perjuicio ya hecho, sin contar todas las innumerables horas de dolor perdidas, una pequeña fortuna en gastos hospitalarios y la angustia vivida por el entorno de la eventual víctima. Dedos de las manos amputados, perdida de visión en alguno de los ojos o tal vez los dos.

Quemaduras, en el cuerpo, de distinto grado; explosiones accidentales que ha dejado a muchas victimas hasta sin pestañas o sin cejas. Juegos que terminan siendo tragedias, no son en realidad juegos. Nunca nadie se hace responsable por las posteriores consecuencias. Ni la municipalidad, por permitir su exhibición y venta en los lugares públicos.

Ni la Aduana por permitir su libre acceso al país, sabiendo que es peligroso su transporte, y no siendo este muchas veces el adecuado para dicha tarea. La libre venta a menores de edad, siendo muchas veces, esta pirotecnia, más peligrosa que cualquier tipo de bebida alcohólica. El control policial es totalmente nulo, en este aspecto, como en muchos otros más.

Pero lo peor de todo este endemoniado asunto, es la inconsciencia de los padres, que les permiten manipular pirotecnia como si fueran simples juguetes. No evalúan los riesgos ante posibles traumas auditivos, lesiones oculares y hasta la ceguera puede ser producida por el mal uso de petardos o fuegos de artificio.

Ahora bien, la mayoría de los fuegos artificiales que existen en plaza, provienen de pequeñas talleres clandestinos en donde la seguridad es lo que menos cuenta, con tal de bajar costos y poder competir contra la buena pirotecnia. 

Hay una máxima popular que no falla y que dice que: “no existen fuegos artificiales seguros” y esto obligatoriamente hay que respetarlo.

Algunas de las sugerencias que no deben ser desoídas son: no colocar los elementos de pirotecnia en los bolsillos, no exponerlos a fuentes de calor, encender un elemento por vez, luego de encendido el artefacto retirarse a una distancia prudencial, aquellos fuegos de artificio voladores (cañitas, cohetes, etc.) no deben ser apuntados hacia ninguna persona, construcciones, elementos combustibles y/o árboles frondosos.

No usarlos dentro de la vivienda y mantenerlos en el piso; nunca en las manos ni en botellas ni latas. Cuando un producto no explote no debe tocarse, aunque la mecha parezca apagada. 

Se debe proteger los oídos de los niños, con tapones usados en natación. No dejar los artículos al sol o próximos a fuentes de calor. Pero lo básico y fundamental, los menores siempre deben estar acompañados por una persona mayor.


En una época pensé que yo era el único neurótico al que el bochinche de los petardos lo sacaba de quicio. Luego me di cuenta que somos muchos, los que odiamos tal práctica. Pero a veces, no puedo evitar desear, que el ocasional detonador de petardos, lo hiciera estallar dentro de su anatómico, para que sufra, al menos un poquito, como lo hacen mis oídos. 


Que sus simpáticos nombres no los engañe. Doce por uno, Cebollón, Rompe Portón, Volcano, Florerito, Bengala de Lluvia, Mariposa voladora y OVNI ya que todos ellos puede arruinarle la vida para siempre a su hijo, sobrino, nieto o cualquier menor que usted aprecie o ame. En solo un descuido la fatalidad puede presentarse. Goce con las fiestas y no las arruine con una tragedia.

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