viernes, 17 de mayo de 2013

SE VEÍA VENIR UNA GUERRA CIVIL

Lo que ha sucedido en las afueras de la ciudad de Curuguaty, Departamento de Canindeyú, no ha sido la primera batalla ni tampoco será la última, en la dilatada y desesperanzadora guerra por la tenencia de la tierra en nuestro país. Eso si es que el Estado no pone las cosas en su lugar y como debería de ser.


Esta irritante disputa se remonta a los albores mismos de nuestra independencia, en donde solo la gente adinerada podía ser dueña de grandes extensiones de tierra, quedando reservada para los agricultores, únicamente las pequeñas parcelas, que a la postre, resultan muy poco rentables y que apenas alcanzan para la subsistencia por medio del autoconsumo.


Luego de la Guerra de la Triple Alianza, todo el problema se agudizó, ya que a causa de la gran conflagración,  desaparecieron la mayoría de los pequeños y medianos agricultores, simplemente porque casi todos ellos estaban muertos o impedidos físicamente de trabajar y por lo tanto toda la tierra pasó a ser confiscada a favor del Estado.

Como la Nación necesitaba hacerse urgentemente de dinero, Bernardino Caballero, vendió casi toda la región oriental a los extranjeros que podían llegar a pagar.

Está demás decir que solo se vendían enormes extensiones por apenas unas cuantas miserables monedas. Solo que la historia no siempre cuenta que Caballero reservó algunas hectáreas para sí, que al ser sumadas, serían casi el 25% del Paraguay de hoy.

Luego de la firma del Tratado de Paz de la Guerra del Chaco, y por una cuestión de orden estratégico, prácticamente le fue regalada todas aquellas tierras cercanas a la frontera con Bolivia, a la oficialidad, actuante, tanto de los puestos de avanzada como a los que prestaron funciones logísticos, debido a los grandes servicios brindados a la Patria.

Sin embargo los suboficiales y soldados prácticamente quedaron totalmente fuera del gran reparto,  salvo muy raras excepciones, no recibiendo casi nada a cambio. 

Pasado treinta años de aquella contienda, llegarían los famosos 60 años de gobierno colorado, en cuyo periodo se producen tres hechos importantes que forman parte de los antecedentes directos de la actual masacre.   

El PRIMERO de ellos, tiene que ver con la colonia San Isidro del Jejuí, de Lima, en el departamento de San Pedro, que hace alrededor de unos 35 años atrás, fueron expulsados de sus tierras, a los legítimos poseedores bienes inmuebles. Aquí se origina una de las conspiraciones más escandalosas de corrupción y nepotismo de toda la historia paraguaya.

Las tierras habían sido legítimamente adquiridas, en su momento, pero pese a eso mismo, fueron vilmente despojados por el gobierno del entonces dictador Alfredo Stroessner, para dárselas finalmente a una prima de este, de apellido Matiauda, para luego esta misma traspasar a los esposos Rivarola-Velilla.

La SEGUNDA causa sería toda aquella tierra mal vendida, por el extinto y corrupto IBR, y que por ley debían ser exclusivamente entregadas a todos aquellos campesinos que no tuvieran fincas, según los cánones de la pretendida reforma agraria, pero que fueron a parar a manos de muchos de los políticos del entorno del dictador, como parte del botín de guerra, que significaba destrozar el patrimonio estatal a costa de la famosa “viveza criolla”.

Por desgracia cayeron en la misma bolsa y sin quererlo brasileros que vinieron de buena fe, a trabajar la tierra, confiando en los títulos otorgados y en los anuncios publicados en O Globo y la Folha de Sao Paulo, pidiendo colonos para poblar el este del país; fueron tomados como intrusos y hasta cómplices del negociado de las tierras. Sin embargo de una manera u otra fueron víctimas.

Y por último nos queda la TERCERA probable causa, que saldría como resultado final a que nunca en la historia de este país, los campesinos fueron tenidos en cuenta,  y mucho menos durante la última dictadura. Luego, tras el golpe de 1989, lamentablemente las cosas tampoco cambiaron mucho para ellos.

Nunca nadie se interesó por confeccionar un verdadero catastro que sea confiable, ya que esto sería como admitir y delatar las graves irregularidades cometidas por las sucesivas gestiones realizadas por los gobernantes colorados, quienes al no reparar semejante injusticia los ha tornado cómplices en la deshonestidad, por más que no hayan participado directamente.

Finalmente con el gobierno Lugo, los campesinos únicamente recibieron muchas promesas, de reparación, pero solo con la finalidad de seguir captando sus ingenuos votos. De una manera u otra, fueron utilizados como verdaderos “idiotas útiles” en una estúpida e inútil lucha de clases, de ricos contra pobres, sojeros contra campesinos y obreros contra patrones. Se protegió a las invasiones de propiedad privada y jamás se actuó con el rigor que esto merecía.

Según las nuevas pautas ideológicas instauradas por el ex obispo Lugo, convenía a sus planes de reelección, en una primera intención y luego ganar más adeptos a su causa con la simple manipulación de la opinión pública. Para eso debía crear caos y convencer a todos aquellos que los escucharan, que los pobres campesinos sin tierras tenían derecho a una parcela de tierra.

Lo que la gente del Primer Anillo presidencial no decía es que la mayoría de los invasores de terrenos, provenían de distintos puntos de nuestra geografía y no precisamente del mismo departamento, que si sonaría mucho más lógico. También omitieron decir que la gran parte de los ocupantes ya contaban con terrenos propios.

Lo llamativo del caso es que las invasiones resultaron no ser espontaneas sino muy bien planeadas, con una logística perfecta, camiones de transporte, motos, celulares y GPS de última generación, provisión de alimentos y medicamentos para miles de personas, y proliferación de armas de gran calibre y todo lo necesario para soportar largos asedios policiales.

Era por lo tanto de esperarse que los campesinos hastiados de tantas falsas promesas y totalmente desesperados de ir de acá para allá, y de no ser escuchados, que comenzaron a levantar esa presión, que viene desde el fondo de las entrañas y era solo una cuestión de tiempo que esto estallara de un momento a otro, y que se desatara una pequeña guerra civil.  

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