viernes, 4 de mayo de 2012

RICOS MÁS RICOS Y POBRES MÁS POBRES

En un planeta tan injusto como el nuestro, la pobreza, el desempleo y la desintegración social se enseñorean, en todos los rincones. Si existiera una voluntad política real de los gobiernos, para terminar con estas calamidades, se las erradicarían en un muy corto plazo. Dinero para hacerlo existe y de sobra, pero tendría que estar acompañado de un nuevo modelo de desarrollo económico y social.


El comunismo se derrumbó estrepitosamente, desnudando todas sus falencias, y siendo ridiculizados sus famosos paraísos a los que mantuvo a sangre y fuego, por espacio de 70 años. Y por el otro lado tenemos que el capitalista caníbal de mercado neoliberal imperante en la actualidad, está comenzando a soportar el peso de sus propios fracasos, que lo desprestigian y degradan cada día más.

La ideología neoliberal de mercado no permite  visualizar ni proponer ni implementar un desarrollo integrado, sostenido, equitativo y participativo. Y esto se debe a que las relaciones de poder lo entorpecen y contradicen su esencia, olvidándose que el mercado es  una relación social constructiva. Pero la concentración y centralización en pocas manos y pocos países de la riqueza, la información, la tecnología, el poder político y militar, y del control institucional, se torna destructivo, al volverse un mercado monopólico y asimétrico. 

Ahora bien, existen suficientes recursos financieros para enfrentar con éxito a la pobreza, al desempleo y la desintegración social. Estos fondos provienen de cuatro fuentes distintas que no pesan sobre los ciudadanos de ningún país, sino que es una reorientación hacia una prioridad social. Estas cuatro fuentes son:

1.- Colocar un impuesto de 0.5% al capital volátil y especulativo que se mueve en el mundo, con un monto aproximado de 900 mil millones de dólares, tres veces más que las reservas de las bancas centrales de todo el mundo. Esto permitiría triplicar todos los programas que se destinan al desarrollo. A este impuesto se le llama Tobin tax, por ser el Premio Nobel de Economía, James Tobin, quien lo propuso.

2.- Reducir 3,5% los gastos militares de los presupuestos anuales, siendo estos de 815 mil millones de dólares. Esta ínfima suma no afectaría en nada la seguridad de ningún país y permitiría obtener una buena suma complementaria.

3.- Si los países más endeudados y con menores recursos pudieran dedicar un 50% de lo que pagan en servicio de la deuda a un fondo de reconstrucción dirigido hacia la lucha contra la pobreza, el desempleo y la desintegración social, se conseguiría un monto superior al de la actual ayuda de cooperación al desarrollo.

4.- En los años 80 todos los Estados desarrollados se comprometieron en la ONU a aportar el 0.7% de su PBI a programas de cooperación al desarrollo. Sólo unos pocos países han cumplido. Pero si se compromete a las 500 compañías y bancos transnacionales más grandes, que monopolizan el 80% de las transacciones financieras internacionales, se redondearía un monto bastante interesante.

El problema no son los recursos. Si no una total falta de conciencia.  Con menos recursos se podrían enfrentar desde la raíz las causas de la pobreza, si se tuviese una visión más democrática del desarrollo. 

Una prueba de ello son los miles de millones de dólares recibidos por África en la década de los 80 y que no han mitigado la desertización, la miseria y la lucha entre tribus, provocando crisis cada vez más traumáticas: la de Somalia, la de Ruanda, la de Burundi, la de Angola, etc.

El desarrollo no se puede importar o trasplantar desde el exterior. Debe ser un producto generado y producido por la propia cultura, en las propias relaciones sociales y en el entorno histórico de cada uno de los países o regiones. Al rechazar el modelo económico actual no se  impone la implantación de otro modelo universal. Si no encontrar respuestas locales a las necesidades de la comunidad, potenciando la   energía de la población a la par que capacitándolos en las nuevas tecnologías.

Actualmente soportamos un sistema destructivo que prioriza el crecimiento por encima del bienestar de las personas, destruye las economías en lugar de potenciarlas, explotando el tiempo, el trabajo y la economía de las personas. Incentiva a que el capital desprecie las leyes sociales y medioambientales. 

Genera crecimiento de una minoría sin aumentar el empleo, deroga los derechos de los trabajadores y sindicatos. Lleva a una distribución desigual en el uso de los recursos naturales de los países, lo que genera un apartheid social, alimenta el racismo, el conflicto civil, y ataca los derechos de las mujeres y de los pueblos indígenas.

Otra forma de demostrar el poder demoledor de la concentración de poder fue el sacudón sucedido en México por los 24 multimillonarios de ese país que mediante la especulación bursátil y el capital volátil, provocaron la primer derrumbe financiero del siglo XXI, el llamado efecto “Tequila”. 

Se debe democratizar el sistema de las Naciones Unidas y las instituciones financieras como el Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional. Estos tienen hoy la capacidad de impedir y de abortar cualquier tipo de alternativa presionando a través de sus poderes, omnímodos e incontrolados.

No nos sobra mucho tiempo. Estamos a punto de dejar a nuestros hijos e hijas un mundo en el que ni nosotros mismos quisiéramos vivir. Así como estamos no podemos seguir viviendo y eso es categórico. La crisis es obvia, pero todavía no se encuentran los mecanismos y la voluntad política para enfrentar las causas de la crisis.

El actual vacío de alternativas demuestra, de todas formas, una profunda crisis intelectual y sobre todo, una profunda crisis ética. Si no participan todos los actores interesados, las asimetrías se profundizarán aún más creando verdaderas bombas de tiempo sociales con resultados realmente imprevisibles. 

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