viernes, 18 de enero de 2013

GUARDIAS DE LA INSEGURIDAD

Después del golpe del 89 y con la llegada de la democracia a nuestro país, como siempre ocurre, por desgracia, en estos casos, en vez de gozar con el fin de la opresión y la tiranía, debimos preocuparnos por otro tipo de problemas, que empañan y hasta llegan a confundir a los más ignorantes. A esos que consideran que la democracia significa piedra libre para hacer lo que a cada uno de nosotros le venga en ganas. 

O que la libertad siempre conduce al libertinaje, dejando por supuesto de lado, todo aquello que signifique el respeto y las buenas costumbres. Entonces, como por arte de magia, comenzó un proceso casi silencioso, del cual muy pocos tenían conciencia de lo que se estaba incubando. 

Desmantelado el aparato represivo de Stroessner, la policía se vio, no solo desbordada, sino corroída por el peor cáncer de todos: la corrupción. Esto ya existía, pero que con el correr del tiempo, se hizo mucho más evidente. Es así que en muy breve lapso, la inseguridad se hizo dueña y señora de nuestra sociedad, llegando hoy en día, a índices nunca vistos antes en nuestro país. 

Delitos de todo tipo comenzaron tímidamente hasta llegar a nuestros días, con secuestros “express” o asaltos mientras se festejan cumpleaños, han transformando una celebración en una sesión de horror y pánico entre los desprevenidos invitados. Ya a ninguna hora del día o la noche uno se puede sentir seguro. 

Para suplir a la insuficiente fuerza policial, es que nacieron, crecieron y se multiplicaron las agencias de seguridad. Estas, con ciertas luces y sombras, terminaron por ocupar un espacio eminentemente estatal, pero como he dicho anteriormente, el estado paraguayo es ineficiente en todo lo que le compete y en lo que no, también. 

En general, sacando raras excepciones, su personal tiene muy poca experiencia y preparación. Proviene de las zonas rurales, empujados por la miseria y la total falta de oportunidades para providenciar un futuro mejor a los suyos. Por lo que deciden abandonar el campo para establecerse en la ciudad. 

Como no existe una mejor opción, cuando no se sabe hacer otra cosa que no sea trabajar en la chacra, resuelven emplearse como guardias de seguridad en cualquiera de las decenas de agencias de este tipo, esparcidas por el territorio nacional. Hablamos de las legales, o sea aquellas que se encuentran debidamente registradas en el Ministerio del Interior. 

Pero también están aquellas agencias piratas, que se establecen entre gallos y medianoche, siendo amparados hasta por la misma policía, ya que generalmente su dueño es un ex camarada de armas o un militar retirado de alto rango. 

Aparecen, hacen un poco de publicidad y cuando ya no les resulta el negocio, levantan campamento y desaparecen de todos los lugares conocidos y frecuentados. Siendo desprevenidos clientes e inocentes empleados sus principales víctimas. 

Según cálculos extraoficiales, entre las agencias legales y las que no lo son, existirían unos 250 mil guardias aproximadamente, la mayoría de ellos, armados hasta los dientes, portando algunos elementos que solo pueden ser usados por las verdaderas fuerzas de seguridad de nuestro país, pero que son conseguidas fácilmente en cualquier casa de armas o por ahí nomás. 

Es tanta la demanda y necesidad de protección que tiene la población, así como la de sentirse resguardada de los malvivientes y merodeadores; que las distintas agencias hacen un reclutamiento masivo, sin tener muy en cuenta el perfil psicológico y las verdaderas aptitudes para este trabajo que es realmente riesgoso. 

Existe un reclamo casi generalizado de la población, que si los necesita, pero les asusta la actitud de suficiencia que algunos guardias tienen, al pasearse fuera de los límites de la propiedad en la cual están apostados, revoleando sus armas al mismo tiempo que hacen una ostentación indebida de las mismas. 

Hecho este que se encuentra totalmente prohibido, ya que la misma Constitución insiste que nadie se encuentra autorizado a exhibir o portar armas de fuego y mucho menos si son de guerra, a personas que no pertenezcan a las Fuerzas Armadas o bien la Policía Nacional. 

Sin embargo, cualquiera de nosotros puede verlos paseando alegremente en cualquier negocio de mediano porte, en las entidades bancarias o algunas residencias, sin contar por supuesto en la infinidad de depósitos que proliferan en el microcentro de Ciudad del Este y áreas aledañas al mismo. 

Yendo de una punta a la otra de la propiedad que no es lo malo, si no traspasar los mismos límites de lo permitido, como podría ser caminar dos o tres cuadras, con todo su arsenal a cuesta, para ir hasta el almacén a comprar yerba. O bien cruzar la vereda de enfrente, porque no tienen una buena protección contra el sol, lluvia, sereno o lo que sea. 

O sea que tanto los guardias de seguridad como también los policías municipales, no están facultados para la portación de armas en la vía pública. Como dije más arriba, muchos de los elementos que nutren a este ejercito silencioso, ganan apenas el sueldo mínimo, pero si gozan de grandes descuentos en sus haberes. Prácticamente deben pagarse solos su cuota de medicina prepaga. 

El uniforme y todos los componentes necesarios para realizar el trabajo, deben salir de sus propios bolsillos. No cuentan con IPS, ni con un seguro de vida, por lo que cualquier contingencia que les suceda, corre por cuenta y riesgo del mismo guardia. Por lo que si les ocurre lo peor, sus familias quedarán desamparadas y los dueños, como en más de una oportunidad, se ampararán en la tradicional ley del “ñembotavy”. 

Verlos portar sus escopetas calibre 12 dentro de un reducido local bancario, denota la poca preparación que ellos reciben como también el poco criterio tenido sobre esta poderosa arma. Hasta el más desprevenido sabe que esa arma cumple su cometido cuando la distancia es grande. 

Otra de las cosas que no inspira confianza en los guardias, es que muchos se han involucrado en hechos ilícitos, confesando secretos a compinches externos con lo que se han ganado la triste fama de los guardias de la inseguridad.

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