martes, 26 de febrero de 2013

LOS MASOQUISTAS VAN AL HOSPITAL PÚBLICO

Ser pobre y estar enfermo, en Paraguay, es una de las peores desgracias que le puede suceder a cualquier ser humano. Quizás sea esta la forma de pagar el mal comportamiento, realizado en alguna vida pasada, y así saldar su deuda. 

Pero si uno llega a ser, por casualidad, un indígena de cualquiera de las parcialidades, mejor que haga ya, un pozo de tres metros y se entierre. 

Porque será muy difícil que lo atiendan. Ya que le darán vueltas y vueltas al asunto, y al final, con una sonrisa sardónica, se lo sacarán de encima. Pondrán mil excusas, pero no admitirán que la razón primaria es la gran e injusta discriminación que existe contra esta minoría étnica. Que por casualidad, la gran mayoría de la población de este país, lleva en su sangre, rastro de sus genes. 

Sin embargo es costumbre renegar de ello, ya que asumirlo, puede deshonrar nuestro status, por lo que es mejor esconder este tipo de mancha, aunque ciertos rasgos así lo delaten. El largo peregrinaje para obtener una simple consulta, es un verdadero sufrimiento, semejante al Vía Crucis de Jesús, en su camino al Calvario. 

Ante todo, si uno no tiene dinero y necesita urgentemente ser atendido, en algún hospital público, se debe armar de una gran dosis de paciencia y beberse un balde de tilo y otro de “mburukuja” para calmar los nervios, que supone soportar una infernal espera de largas e interminables horas. La mayoría de ellas, de pie. 

El sufrimiento comienza al levantarse a eso de las 2 de la madrugada, como para ya, a las 4, ser uno de los primeros en la fila, y así tener, una pequeña oportunidad de conseguir algún número. Luego, si es que no se le metió un avivado o un recomendado delante suyo, en la fila, cosa que nunca falta, usted tiene una buena chance de alcanzar el objetivo. 

Más tarde sobrevendrán otras tres horas, no siempre sentado, y ya estando bastante cansado, con hambre, sed y muy molesto, pero si quiere ser atendido, tendrá que morderse la lengua y no dejarse llevar por su rabia, al mandar a la “simpática” recepcionista a la China, por decir un lugar cercano. 

Decíamos conservadoramente unas tres horas o más, eso si el médico se digna a aparecer en el horario que le corresponde y no a las once de la mañana, que es casi, su hora de salida. 

Por otro lado, su salario es realmente un buen incentivo como para asomarse temprano, por los consultorios, ya que es probable que cobre cada dos meses, y mientras tanto su familia debe vivir de algo. Con promesas de cobro, no se paga “la libreta negra” del almacén. 

Algunos pocos se apiadan del sufrimiento de los pacientes y rápidamente los atienden. Pero la mayoría de ellos, lo único que te pide, es que te hagas un par de análisis, comprometiéndote a volver otra vez, repitiendo aquel mito de Prometeo, que durante el día el águila le comía el hígado mientras que a la noche, este le volviera a crecer. 

Por lo que el desdichado no le quedará más remedio que soportar el mismo calvario de las 4 de la madrugada, fila, y luego una probable pero no segura atención a las 11 de la mañana. 

Un punto a tomar muy en cuenta es, que no siempre, el o los patrones, quieren dar permiso por este motivo y mucho menos si las visitas se repiten cada dos por tres. 

También existe una manía generalizada entre los médicos locales, que es darte una receta con un único medicamento y no varias opciones que contengan la misma droga genérica y similar fórmula y dosificación. Pero que son mucho más económicas, así como lo aconseja la Organización Mundial de la Salud. 

Harás sin falta la fila de espera, en la farmacia del hospital, y seguro que te dirán que no tienen ninguno de los remedios que figuran en tu receta. A no ser algún que otro analgésico de morondanga, que son los más baratos de aquella lista. Mientras que los remedios de más valor, esos que cuestan cien mil o mucho más, tendrías invariablemente que comprarlos por tu cuenta, si o si. 

En caso que uno se encuentre muy enfermo y necesite de internación; el acompañante deberá venir al hospital con su correspondiente colchoncito, su termo, su guampa y por supuesto un muy buen dinerillo en el bolsillo, pero sin dejar de rezar, para que no se le termine, antes que la atención al enfermo culmine. 

Desde el mismo momento en que se instale en el hospital, todo se tiene que comprar, incluso hasta el agua caliente para el mate. Y en más de una ocasión, cuando el acompañante no tenga quien lo releve de su función, y no pueda estar al lado del enfermo ningún familiar, amigo o compañero de trabajo; es probable que se tenga que poner un pequeño incentivo, en el bolsillo de alguna que otra enfermera de guardia. 

Como para que no lo pierda de vista en todo el tiempo que nadie pueda visitar al enfermo. También se encuentra el caso de aquella muy humilde mujer soltera y sin nadie que la acompañe y que va a tener su parto en cualquier momento. Las vueltas que a la pobre le hacen dar, es digno de un cuento de Franz Kafka. La humillación, la vergüenza y el vejamen que debe soportar no tienen parangón alguno con las mínimas normas de convivencia y socorro, atendiendo semejante circunstancia. 

Ha sucedido, en más de una oportunidad, que, en el momento crucial de este sublime milagro, que es la vida; la parturienta primeriza, a causa de la gran fuerza hecha, comience a defecar. Por lo que deberá soportar las burlas de las y los ignorantes que se burlarán de ella y mirándola con total desprecio, le dirán: 

-- Mirá todo lo que ha cagado, parece que come afrecho, porque caga como un caballo! 

Es así como le dijeron a una pobre mujer indígena que fue a parir al hospital. Como si ella por ser lo que es, fuera una paraguaya de tercera o cuarta categoría. Dentro de estos vejámenes varios, nadie le exime de correr el riesgo de contraer una infección, producida por alguna superbacteria, resistente a todo tipo de antibióticos ya conocido. 

Sin respeto ni sensibilidad para atender al indefenso paciente, ni darle soluciones rápidas, en un momento de máxima urgencia donde la vida y la muerte penden de un hilo; supone que esperar sobrevivir a una simple consulta médica, implica ser verdaderamente un perfecto masoquista.

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