sábado, 30 de noviembre de 2013

QUE DIFÍCIL ES SER ESCRITOR (Parte I)

Todo comenzó cuando tenía alrededor de los 13 ó 14 años, plena adolescencia, en el momento que empezaba a ver al mundo desde otra óptica. Un poco más critica pero con un profundo velo de romanticismo, muy propio de la edad. 

Para esta época ya había leído todos los libros aconsejables para mi edad y comenzaba con los temas muchos más profundos que los clásicos adolescentes. 

Si bien la televisión era un continuo imán para mí, la lectura la superaba con creces, ya que la famosa “caja boba” me daba todo servido, mientras que la lectura me proveía de un extraordinario vuelo a la imaginación reprimida, que tenía dentro de mí. 

Pero eso sí, tenía el suficiente apoyo e incentivo de mis padres hacia la lectura. La fomentaban de cualquier modo, y según recuerdo, muchas veces me negaron mi pedido de juguetes, pero jamás de libros, al menos que yo recuerde. 

Cuando ingresé al secundario, ya manejaba un buen vocabulario y rara vez tenía faltas de ortografía, lo cual me granjeo muchas burlas despiadadas. Como era demasiado tímido, a pesar de ser muy sociable, eran pocos con los que hablaba. 

Por esa época comenzaron mis primeras fiestitas y bailes, que al estilo de aquel tiempo se hacían en casa de algunos de los chicos o por lo general, en la de las chicas. A nadie se le ocurría tomar alcohol y mucho menos se animaba a fumar delante de gente adulta. Bueno, ahora todo eso ya figura en el museo. 

Sin embargo todo cambiaría cuando estando en el segundo curso y con 14 años, se presenta ante mí, el profesor Haroldo Conti, conocido escritor, que había rechazado, el premio de la revista Life por motivos ideológicos. Él me hizo leer su libre “Sudeste” y desde aquel momento decidí cual sería mi futuro. 

Años más tarde, viviendo y estudiando en California, me enteré que había sido secuestrado por los militares y detenido en un barco prisión. Luego nunca más se supo de él. Muchos de sus cuentos fueron llevados al cine. 

A los tumbos comencé a escribir, pero según mis profesores de castellano, me faltaba el soporte técnico y como siempre he sido un perfeccionista y por consejos de ellos, me inscribí en los cursos de Taller Literario que dictaba la SADE, por entonces.

Deben haber sido unos 50 o 60 de ellos los que tomé, teniendo como maestros a los mejores escritores argentinos. Siempre lamenté no haberle sacado todo el jugo a esas clases, quizás debido a la propia estupidez de esa edad, que no tomé muy en serio, en aquella época. 

Mientras tanto escribía como loco, en cuanto papel tenía a mano. La Biblioteca del Maestro, en Buenos Aires, era como si fuera mi segunda casa. Escribía cuanto se me venía a la cabeza y de mi vieja máquina de escribir, salían cuentos, ensayos, obras de teatro, guiones cinematográficos, y todo lo que la imaginación desbocada me indicara.

Más como me dijo una vez Ernesto Sábato, “me faltaba calle, experiencias de vida, asfalto, ya que mis escritos aunque estaban técnicamente bien diseñados, siempre olían a pañales. Ya que por lo general hablaba siempre de lo que no sabía y esa ingenuidad, el lector la huele a kilómetros”. 

Por lo tanto, me sugirió que de ninguna manera me olvidara de la escritura, pero que continuara un camino paralelo, que me diera lo que hasta ese momento me faltaba. 

Y ese camino se inició cuando terminé el bachillerato e inicié la carrera de veterinaria, más química fue mi gran tropiezo y para no perder el año, cambie a los animales por los ladrillos. 

Luego mil cosas pasaron en mi vida, que no tienen nada que ver con el tema, pero si me sirvieron para acumular experiencias de vida. Pero fue aquí, en Paraguay donde encontré mi verdadera vocación. 

Ahora bien, ser un escritor no es nada fácil porque no solo se necesita cierta cuota de talento, sino también de disciplina para escribir todos los días un poquito, ya que no existe no tengo ganas o no estoy inspirado. 

Pero a esto se le debe agregar conocimientos, como en cualquier actividad, ya que sin ello se estaría escribiendo cualquier cosa y sin ningún sentido. 

Como toda disciplina artística tiene sus postulados, pero fuera de eso la creación le permite al escritor amplias posibilidades e infinidad de caminos a recorrer. Una vez que nos ponemos muy contentos al tener nuestra obra terminada, comienza otra etapa. 

La primera regla del oficio es hacerla leer a un reducido grupo de amigos, para recibir las primeras críticas, en caso que estas no le gusten o se enoje, mejor dedíquese a otra cosa o siga escribiendo en el anonimato. 

Siempre haga que uno de sus amigos lo lea en voz alta, delante suyo, con esto logrará encontrar muchos errores. Luego pase a corregir lo mejor que pueda y no solo los errores ortográficos. Más tarde revise la sintaxis, la concordancia de género, de número y tiempos verbales. 

Coherencia argumental y por fin, nunca deje cabos sueltos o lo que es lo mismo, jamás escriba de algo que no sepa. De ser así primero lea todo lo que pueda sobre el tema y luego sumérjase en la aventura de editar su primer material. 

El tema es que usted es un completo desconocido y apenas su abuelita sabe de su existencia. Por lo tanto lo veo muy difícil que una editorial se interese por su material. En caso que lo acepte, es probable que un corrector profesional le haga una autopsia, a pesar que le duela la amputación de “su hijo”. 

Es siempre recomendable llevar en su “pendrive”, la obra completa más un archivo por separado, conteniendo un resumen, no más allá de unas 15 líneas sobre el argumento. 

Por lo general, las editoriales de primer nivel reciben mucho material y les resulta muy difícil leer todo lo que les llega. No hay que olvidarse que usted es un artista y puede ser que por exceso de romanticismo hasta quisiera hacerlo gratis. 

Pero ellos además de amar a los libros también son empresarios, y no tienen porque estar haciendo beneficencia. Por lo tanto, asegúrese primero que la idea central sea lo suficientemente atractiva. 

Busque siempre el equilibrio exacto entre lo artístico y lo comercial, lo que puede asegurarle la posible entrada a una editorial.

La lectura debe resultar sencilla “como patinar en mermelada”. No exagere con utilizar en su libro demasiadas palabras “difíciles”, porque resulta irritante, refregarle en el rostro, al lector, sus conocimientos.

Tenga muy en cuenta que si entra en la moda “snob” corre el riesgo que su mensaje no llegue a destino y de ser así,, no será el lector, el responsable, sino que usted es quien ha fracasado.

5 comentarios:

  1. Es maravilloso el mundo del escritor y las escrituras... considero total belleza que satisfacen todos los sentidos. Una palabra bien pronunciada en el momento oportuno eleva el espíritu hacia el bien supremo.

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  2. "imaginación desbocada"... Son tus palabras... Imaginación desbocada... Es lo más necesario para hacer llover palabras, y una vez desbocada, nadie sabe cuándo irá a parar ese galope asidos apenas a las crines de las letras...

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  3. Ricardo, encuentro interesante los planteamientos contenidos en este escrito. Un saludo.

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  4. Bom dia Ricardo, excelente e bem-vindo texto!! Abraços, Van.

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  5. Excelente, Ricardo. Leí tus dos textos y como el amateur que soy, me llena de entusiasmo leer tu historia.

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