martes, 16 de abril de 2013

MORCILLA CON DULCE DE LECHE


Los amigos que más me conocen saben que no soy ni católico ni cristiano, pero sí definitivamente creo en Dios. 

Porque son tantos los hechos inexplicables que han sucedido en mi vida, que sería un verdadero necio si llegara a negarlo. Aunque tengo que reconocer que mi forma de sentirlo es tan personal que difiere mucho al dios bíblico y se asemeja mucho más al dios de los guaraní: Tupa.



Quizás en otro comentario explique como un descendiente directo de europeos encontró una verdad innegable en una cultura precolombina, que con bastante preconceptos es tenida como una civilización salvaje y atrasada. Pero volviendo al tema al que los quiero involucrar; pienso que todo se remite a respetar los códigos que están dictados por nuestros antecesores, y tienen, por lo tanto, una  tradición y una jerarquía ya aceptada por todos.

Para mí, los códigos son las pequeñas reglas de comportamiento que existen para hacer más armónica la convivencia con las otras personas. Por ejemplo, nadie estaría gritando: VIVA CERRO, en la tribuna de OLIMPIA. Nadie, en su sano juicio iría a un velorio para hablar mal del muerto. Ni a ponderar la superioridad física de los negros, en una reunión del Ku Klux Klan.

Pero si esto aún les parece abstracto, voy a darles un ejemplo más concreto. Hace un par de meses atrás, me escribió, a mi correo electrónico, un suboficial de la Marina paraguaya. Dicha persona se quejaba amargamente del trato inhumano que recibía de sus superiores. Le pregunté si era golpeado y me contestó que no, pero si humillado delante de sus compañeros y subalternos.

Él pretendía que publicara su denuncia, pero sin dar a conocer su nombre, cosa que no es aceptado por ningún medio que se considere medianamente creíble. 

Entonces le respondí si cuando tomó la decisión de seguir la carrera militar, conocía o al menos si tenía alguna vaga idea de como se manejaban las cosas.

Me contestó que sí, pero que no de esa forma y bla, bla y más bla, pero sin precisar mis preguntas, y solo intentando evadir las respuestas directas, cada vez que lo tenía apretado contra las sogas. 

Finalmente me cansé y le respondí que así era el mundo militar desde antes que el poderío de los ejércitos romanos, hiciera su aparición en escena.

Si desde un principio no le gustaba, esa tipo de vida, porque no se internó en un convento de Carmelitas Descalzas o se enroló en las filas de los Boy Scout. 

Pero la Marina era así, un cuerpo de gente ruda, altamente entrenada y sumamente eficiente en todas las operaciones por ellos emprendidas. Y para eso se necesita una férrea disciplina.

Luego le comente, que esa era profesión donde los flojos o afeminados no tenían cabida. Se enojó conmigo. Sus palabras corteses se hicieron más duras. 

Le dije que hay códigos que se deben respetar, si o si. Él entraba a una institución hecha, con casi 200 años y que era él quien debía adaptarse al sistema y no el sistema a él.  Caso contrario, había muchas profesiones para ganarse honradamente la vida.

Respetar códigos, de eso trata la cuestión. Espero que ahora ya haya quedado mucho más claro. Y ahora, entremos de lleno, en el tema que tanto me ha molestado y al cual le estoy dedicando este modesto comentario. 

Resulta que desde que vivo en Paraguay, siempre me llamó poderosamente la atención, el gran fervor de los fieles que asisten a los templos católicos.

Sin embargo, con el correr del tiempo, y en toda nuestra sociedad se produjo una especie de relajamiento de las costumbres que se trasladó a todos los ámbitos, y del cual la Iglesia Católica tampoco pudo escapar. 

Y eso se lo puede constatar los domingos en casi todas las capillas de Ciudad del Este.

Hasta a mí, que soy un simple espectador, me da vergüenza, en determinado momento, al ver la falta de decoro de los invitados a las celebraciones litúrgicas. 

Especialmente aquellas mujeres que se olvidan donde están y se visten con tacos muy altos y que no son precisamente para un momento de reflexión en la casa de Dios.

Sus vestidos son exageradamente cortos y no adecuados para tal sitio. 

Sus escotes son demasiado escandalosos para un lugar, que aunque no sea de mi fe, igualmente lo considero sagrado. 

En más de una ocasión y sin ser mirón, he visto la ropa interior al descubierto, tanto de arriba como la de abajo, en proporciones iguales.

Muchas personas toman fotografías, sin pedir permiso y los momentos menos indicados, atendiendo a lugar en que se encuentran. También resulta repugnante y grosero el mascado de chicles durante la celebración litúrgica. 

Personas que no respetan a sus semejantes y no permiten una buena concentración al no desconectar sus celulares.

El cotorreo incesante sobre temas fútiles y mundanos, en el medio del sermón, es moneda corriente, y solo interrumpido ante un duro y cercano chistido que devuelve a los charlatanes a la realidad en que se hallan. 

Mientras tanto, es probable que las criaturas que se encuentran aburridas de tanto permanecer quietas, se pongan a correr, como poseídas, por los pasillos del templo.

Otras veces, la gente, aún sabiendo la hora de inicio del servicio religioso, entra al recinto haciendo más ruido del que se debiera, interrumpiendo al sacerdote, a los asistentes y destrozando el clima que había obtenido la ceremonia, con el correr de los minutos. 

Todo ello hace que, lo que uno considere sacro, “ellos” lo transformen en enteramente vulgar.

Bebes que lloran sin parar, gente que va y que viene sin parar, otros que se levantan para ir al baño.

Parece que se hubieran olvidado que ese es un lugar de santidad, que allí es la casa de Dios y que las personas que concurren, lo hacen para rezar y tener un momento de intimidad con Dios.

Sin remarcar a las mujeres poco vestidas que despiertan, más que asombro, un fuerte desafío a la lujuria y que hace temblar hasta la misma inocencia de los ángeles de yeso. 

Es de esperarse, que la casa de oración, donde reside Dios, vuelva a ser lo que siempre fue, algo a respetar, como los códigos y sin mezclar nunca la morcilla con el dulce de leche.

2 comentarios:

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  2. ... sucede que casi todos saben que no es un sitio donde habita Dios... se puede entender observando a los que llevan a cabo las ceremonias intentando hablar en nombre de Dios y nunca se ha sabido que Dios haya otorgado ese privilegio a nadie y mucho menos a los sacerdotes que declamando constantemente respetar la soltería sagrada que aceptan desde el principio, se dedican a seducir mujeres... (siempre he criticado eso) casadas o solteras y tener con ellas muchos hijos irreconocidos... también están los sacerdotes que seducen niños y la iglesia nunca se hizo cargo de esa situación, poniendo las cosas en su lugar... Las iglesias (todas) carecen de confiabilidad, aunque hay muchos acólitos que no notan tales irregularidades... PURA MORCILLA CON DULCE DE LECHE!!!... O DULCE DE LECHE CON MORCILLA, QUE PARECE LO MISMO, PERO NO LO ES...

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