martes, 9 de abril de 2013

POR FAVOR, NO ME ROMPAN MÁS LOS OÍDOS

No sé en qué momento, ya que no puedo precisarlo muy bien, de nuestra historia reciente, fue cuando se perdió el respeto, la delicadeza y la condescendencia para con el prójimo. Pero por desgracia esto sucedió y ahora es tiempo de remediar tamaño desajuste social.


Esto sería un primer paso, reconocer que algo anda mal para luego ver como se puede solucionar, este fastidioso tema. 

Teniendo siempre en cuenta, el país que tenemos. Y tenemos un hermoso país donde, por una de esas malditas desgracias, no existen ningún tipo de control. Absolutamente de nada.

Por ejemplo, usted está parado en una esquina de Ciudad del Este, solo por referencia y puede ver a una “ñembo” barrera de inspectores municipales o efectivos de la Policía Nacional.  Seguro que detendrán a todos los motociclistas que tengan la mala fortuna de pasar por el lugar, en el momento menos indicado.


Sin embargo, en el espacio de tiempo entre detención y detención, circularán ante sus ojos, decenas de camionetas y motofurgones con gente parada o sentada en el chasis, cosa que está totalmente prohibido aquí y en Madagascar, pero que los agentes del orden, no verán, como si fueran estos, invisibles  al ojo humano.

En ningún país del mundo, se permite salir a la calle con un vehículo sin patente, ni por dos o tres días. Aquí pueden pasar hasta 6 meses para poder recibir las chapas. 

Pero eso no es nada; Paraguay detenta el triste galardón de ser el mayor núcleo de población sin identificación de toda Sudamérica. Hace apenas unos días, una señora de 91 años consiguió obtener, por primera vez en su vida, la partida de nacimiento y su cédula de identidad.

Como se puede vivir tantos años sin que se le requiera, al menos una vez, su documento personal. Esto demuestra claramente que los controles no funcionan, de ningún modo, en este país. 

Por lo tanto, si cosas de mayor importancia como podría ser la titularidad de las grandes extensiones de tierras; que le queda a temas de aparente menor rango, como la contaminación ambiental.

Y justamente esta es una de las cuestiones  menos valoradas, y ni siquiera tenida en cuenta. Sin embargo, sus secuelas pueden ser terribles, pasado cierto tiempo. Pero, según mi modesto entender, la cosa no solo pasa por las reglamentaciones y quienes las hacen cumplir, sino algo mucho más solidó, como sería  la enseñanza que se trae desde la casa y que según ya veo, no se hace más.


Al aire que respiramos, no solo se lo contamina con elementos sólidos o gaseosos. El ruido también lo ocasiona y a esto se lo denomina contaminación acústica. La intensidad del sonido se lo mide en decibeles (dB), y el nivel aceptado por la OMS (Organización Mundial de la Salud), es de 65 dB durante el día y 55 dB de noche. Pasado este parámetro corremos peligro de enfrentarnos a la sordera.

Cualquier ciudad, es una inagotable fuente de ruidos como pueden ser los equipos electrónicos, de las casas particulares, las estaciones de servicio o los lugares de entretenimiento. Eso es por un lado, pero por otro tenemos a los vehículos motorizados rodando con el máximo volumen el equipo de audio o con el escape libre, o bien abusando de la bocina.


Los vendedores ambulantes como los “chiperos" y sus altavoces pregonando la mercadería a las 6 de la mañana. O los vendedores de gas, apenas sale el sol, y ya comienzan a golpear los cilindros, las reparaciones de calles y veredas.

Los talleres o industrias en las cuales se utilizan ciertas maquinarias y herramientas. Y para rematar, las construcción de casas y edificios. Esos son los principales generadores de ruido. 

El ruido, como agente contaminante no sólo genera daños al sistema auditivo, sino que causa efectos sobre el sistema cardiovascular, alterando el ritmo cardíaco. Afecta a las glándulas endocrinas, con el aumento de la secreción de adrenalina. El aparato digestivo, con el incremento de enfermedades gastro-duodenales por dificultar el descanso.

También induce al estrés, aumentando las alteraciones mentales, y volviendo muy agresivas a las personas que la padecen. Pérdida de la concentración, de la productividad laboral y la alteración del sueño. 

La exposición continuada a los ruidos, produce la pérdida progresiva de la capacidad auditiva y especialmente en las fábricas y a aquellos jóvenes que utilizan habitualmente "walkmans" y motocicletas o los que acuden regularmente a discotecas.

Pero el ruido no solo afecta a las personas, también lo hace con los animales. En las Cataratas del Iguazú, en la frontera brasileña-argentina, el ruido de los helicópteros que la sobrevuelan con fines turísticos terminó por ahuyentar a varias especies de animales, alterando el equilibrio ecológico del lugar. 


La moda de llenar de parlantes los vehículos, no es reciente, pero que como otras, ha retornado con más fuerza que antes. Equipar un vehículo puede sumar entre 4 a 5 mil dólares, por lo bajo, solo para destrozarle la paciencia y los oídos a todo el mundo, en un radio de 300 metros. Y acá viene a continuación lo que más arriba me refería sobre el respeto y demás yerba.

El tema pasa también por la impunidad que tienen estos transgresores para hacer todo el ruido que quieran sin que ninguna autoridad intervenga. Solo que una vez, no hace mucho tiempo, Luís Alberto Noguera Cuevas fue condenado por un Tribunal de Sentencia a un año de cárcel por provocar ruidos molestos en el centro de la ciudad de Coronel Oviedo.

Todos los vecinos aplaudieron, a rabiar, la valiente medida y si bien esperaban algo más enérgico, al menos, este “patotero” guardará un cierto tiempo para reflexionar sobre la estupidez cometida. 

El héroe de aquella jornada, fue el agente fiscal Alejandrino Rodríguez, quien aportó todos los elementos para que este díscolo ciudadano, pasase unas hermosas y forzadas vacaciones.

Claro que una golondrina no hace verano, ni mucho menos, pero con un poquito de presión que se le meta a nuestras dormidas autoridades nacionales y municipales podremos dejar de exclamar: ¡¡¡Por favor, no me rompan más  los oídos!!!

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