jueves, 23 de diciembre de 2010

ABUELITO, ¡¡¡ LAS PELOTAS!!!

Sin lugar a dudas, el paso del tiempo es un hecho realmente inexorable y lo hace de una manera tan engañosa, que, cuando queremos darnos cuenta de su acción, ya es demasiado tarde. 

Es totalmente imposible detenerlo, a pesar de todos los intentos que hagamos. El tiempo se divierte con nosotros ya que cuando somos  jóvenes, corre muy lentamente, pero cuando tenemos más edad, prácticamente vuela.

Y casi sin notarlo, nuestra vida transcurre tan veloz como la brisa mañanera y una rápida sucesión de escenas son presentadas ante nuestros ojos, evocadas por dulces o amargos recuerdos como cuando éramos simples niños jugando en un arroyo, pasando luego a los primeros bailes, las primeras “amigas” que llevamos a casa, el compromiso matrimonial, nuestro primer hijo, las fotos de la familia que hemos sabido formar. El primer día de clase de nuestros hijos, sus novias o novios, el casamiento de ellos, y luego los primeros nietos.

Con esta última escena se produce un emotivo quiebre en la dimensión del tiempo, ya que la brevedad de la vida nos bromea de diferente manera. Nos vernos un día  jugando con una hondita, en el medio del monte, que había frente a nuestra casa y al momento siguiente, descubrir a nuestro primer nieto, siendo mecido por una enfermera, en una “nursery”.

Dos momentos cronológicos, unidos por alegrías de muy distinto tenor y separados por treinta años de diferencia. Solo que con el pesado transcurrir del trajín diario y el mero pasar de los días, no nos damos cuenta que nuestro cuerpo sigue el curso de los distintos procesos biológicos normales que conducen al lento envejecimiento de nuestro organismo. 

Pero ese paulatino cambio no lo notamos en nosotros mismos y si lo vemos claramente en amigos, parientes, compañeros de trabajo, vecinos, y ocasionales conocidos atados a nuestro pasado. Inclusive nos damos el lujo de bromear con ellos “a sus costillas”. Hasta que un buen día, tan monótono como cualquier otro, recibimos una enorme sorpresa.

Nos dirigimos bien temprano y algo dormidos al baño. Pero luego de darnos un reconfortante duchazo, vemos con verdadero asombro, que el espejo nos devuelve el reflejo de la cara de una persona casi desconocida. Apenas sus deformados rasgos, modificados por el mero paso del tiempo, nos dan la idea de haber visto ese rostro en algún momento de nuestra vida.

Pero ese tipo del espejo, no es un desconocido totalmente, tiene una mirada especial que hemos visto en alguna otra vez y no sabemos donde ni cuando. Hasta que caemos en la cuenta que ese que está ahí, somos nosotros mismos, pero con mil años más sobre las espaldas. Ese es el precio que debemos pagar por adquirir  experiencia.

Luego de este terrible descubrimiento, y sobreponernos a tan espantoso e impensado susto, llega el turno de asimilarlo, cosa que es muy difícil de hacerlo, ya que  nuestro subconsciente, así como nuestra propia vanidad conspiran siempre en contra. Es complicado y doloroso, que habiendo tenido una vida hiperactiva, te encuentres de buena a primera, condenado por todos, a convivir con la lentitud, los achaques, los prejuicios, las miradas condescendientes, que siempre esconden segundas intenciones.

Todo este proceso ya lo he vivido y sufrido en carne propia y no es sencillo asumir una situación inesperada. 


Muy diferente a la que afrontamos en otra época de nuestra vida, cuando también descubrimos, con la misma sorpresa y susto, que nuestro pubis se había llenado de pelos. O la vergüenza que sentimos cuando por cualquier estímulo interno o externo, nuestro “amigo” se quedaba tan duro dentro del pantalón que no sabíamos donde meter la cara.

Y el trance es totalmente diferente porque en la juventud, por más susto o extrañeza que nos causaran los cambios, nuestro espíritu rebelde se sobreponía de inmediato a cada una de las contingencias y transformaciones que la adolescencia nos imponía. Pero cuando se es mayor, nuestro espíritu se vuelve más sensible a las decepciones de la vida y proclive a las lágrimas.

La brevedad de la vida es tocada como “caballito de batalla” por todos los filósofos que intentan intelectualizar un hecho atávico totalmente natural, para todos los entes vivos, pero que los seres humanos son los únicos en cuestionar y polemizar. Sin embargo el verdadero problema no es discutirlo, si no aceptarlo sin ningún tipo de “peros”.

Esto le sucede a todos los seres que habitan este planeta, sean o no racionales. Pero son las mujeres jóvenes quienes más se oponen a ser llamadas “abuelas”, aunque esto sea realmente cierto. 

Otras, al contrario, al enterarse la buena nueva, de alegría, pegan un salto hasta el techo. Mi caso es totalmente diferente. No tuve la suerte de tener hijas mayores de 8 años, por lo tanto no hubo un acompañamiento durante su embarazo ni tiempo para asimilar un nuevo grado de parentesco.

Es quizás por eso que la palabra abuelo o abuelito, me sigue chocando al oído y aunque sea un apelativo de respeto hacia mi persona y mis canas, no he podido amoldarme a la idea que ya tengo edad suficiente como para serlo. Sin embargo ante cualquier llamado en ese sentido, mi carácter me traiciona y respondo de un modo grosero: Abuelito, ¡¡¡ las pelotas!!!

1 comentario:

  1. Bueno Riste.., de alguna u otra manera el tiempo no podemos detener, pero sí hay un milagro que lo detiene; el arte en todas sus expresiones..
    Y tu arte en los escritos permanecerá, ese registro del día a día estaremos leyendo los jóvenes para seguir entendiendo ese problema de aceptación cuando llegamos a ese estadio de edad.

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