jueves, 20 de enero de 2011

ES INMUNDO COMER EN CIUDAD DEL ESTE

Desde el mismo momento de su fundación, esta ciudad se preocupó, al menos en apariencia, de brindarle al “compradores”, muy mal llamado turista, de algunas comodidades, aunque sean mínimas. El tiempo pasó y atrás quedaron 50 años de duro batallar, hasta llegar a tener la fisonomía de la ciudad que más ó menos pretendemos.

Un sólido empresario de la zona dijo una vez que, eliminando únicamente tres importantes factores negativos, el éxito de esta ciudad estaba completamente consolidado: Seguridad - tránsito caótico y policía de tránsito corrupta. Sin embargo según la opinión de gran parte de los habitantes de esta ciudad, quedaría un punto ciego.

Algo que está en deuda para con el visitante, tanto extranjero como a nuestros connacionales de otros puntos del país. Es la higiene de los cientos de bares, restaurantes y copetines.
 
Estén establecidos en locales de galerías, salones ó en medio de la acera, dificultando el paso a los peatones. La primera impresión al entrar a uno de ellos, es la pésima vestimenta del personal, que nunca está de acuerdo con las disposiciones reglamentarias de manejo de alimentos, léase delantales y gorros blancos. A veces la higiene del despachante tampoco merece demasiada confianza.

Se puede observar en repetidas ocasiones tomar empanadas, croquetas ó marineras con la mano desnuda, ante la sorpresa de los potenciales comensales. Las pocas empanadas que se pueden ver a “mil'i” por ahí, que son especiales para los que tienen los bolsillos flacos, están hechas de 80% de “viento” y 20% de carne imposible de identificar ni su corte ó especie animal.

Olores nauseabundos quitan el apetito  
 
Los miles de olores que llegan a las narices de los comensales muchas veces les quitan a estos el apetito. Esa malsana mezcla de malos olores no puede ser de ninguna manera identificada, a no ser el del aceite quemado, reciclado varias veces. La mayoría no cuenta con sanitarios y los que lo poseen son precarios, sucios y una verdadera tortura estar en ellos, tanto que es preferible intentar “aguantar” las necesidades fisiológicas.

Una solución a medias sería que el dueño le facilitara al parroquiano una máscara antigases antes de entrar, para evitar desmayarse. La vajilla y los alimentos son lavadas con agua que no se sabe de donde proviene y si es potable. Es una lástima que sea tan difícil encontrar cocinas azulejadas y bien higiénicas, ya que la mayoría están plagadas de cucarachas donde las más chicas andan en triciclo y las más grandes ya cursan la universidad.

Generalmente se debe pelear a muerte con decenas de moscas a fin de poder comer en paz un mísero bocado, al menos durante unos minutos. El mobiliario comúnmente esta desvencijado y es incómodo y la mayoría de las veces las mesas están desniveladas. No existe buena ventilación, le falta una buena repasada al piso, la música a veces es excesivamente puesta a un volumen insoportable.

Para bajar costos y protegerse de la dura competencia, compran fideos, arroz, azúcar, aceite de soja, porotos y otros alimentos sueltos, que resultan ser de muy baja calidad. Por lo tanto el producto final será indefectiblemente mediocre, pero como la gente es muy conservadora y odia cambiar de lugar, quizás más por simpatía hacia los dueños del comercio que el amor que sienten por sus estómagos.

¿Quien me puede atender?

La pésima atención es otro de los puntos claves en esta cuestión. Muchas veces, ya siendo cliente habitual, lo dejan esperando una eternidad, debido a que están priorizando la atención hacia los nuevos u ocasionales clientes que acierten a pasar por allí.

También es frecuente ser maravillosamente atendido cuando se es cliente nuevo, pero con el tiempo, una vez que ya creen tenerlo atrapado, comienzan las mañas como cobrar más caro por el mismo servicio, equivocarse el plato pedido y reemplazado por otro menos apetecible, pero que no se puede rechazar porque ya se ha perdido demasiado tiempo de espera. Mba'e jajapota. 


Pareciera que los microempresarios gastronómicos creen que trae mala suerte invertir en sus negocios, haciéndolos más confortables, más higiénicos, más atractivos por fuera y por dentro. Capacitar a sus empleados, para que al menos no traigan los vasos sucios ó que no
coloquen sus dedos dentro de ellos. 
           
                                                       
Pero lo peor de todo esto es que las autoridades son demasiado permisivas y no
controlan este tipo de negocios, que al manejar alimentos se vuelve el tema considerablemente sensible. ¿Tiene que morir gente intoxicada, para inspeccionar estos locales. ¿Por qué se otorga patente si los locales no cuentan con baños y su higiene será sumamente precaria? ¿Será que existe un Departamento de Salubridad en la Municipalidad?, ó sus funcionarios son “planilleros” ó ¿duermen durante las horas de trabajo? , ó ¿es posible que no coman fuera de sus casas? ó simplemente no les interesa la salud de los esteños ni la de los ocasionales visitantes.

Queda a criterio del lector elegir la opción que más le parezca. ¿No era que la gestión actual estaba empeñada en cambiar la imagen que los compradores tienen de la ciudad e incrementar el turismo? Evidentemente que así no se hace mucho para atraer a los pocos viajeros que se atreven a venir a esta ciudad y mucho menos comer. Hay excepciones, claro que las hay, pero son tan pocas, pero tan pocas que como dice el refrán, “una golondrina no hace verano”.

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