miércoles, 22 de septiembre de 2010

YO NO FUI, EL FUI


¡Cuánto me he divertido a costa del pobre Tomás! Su manera tan “chalai” de hablar castellano me producía ataques de risa. En cada oportunidad que nos encontrábamos, intentaba tirarle de la lengua, a fin de reírme de como hablaba. Tomás nunca entendió el porqué de mis tremendos esfuerzos por no estallar de risa delante suyo, ya que, por apreciarlo demasiado no quería herir sus sentimientos. 

Estaba empleado como personal de seguridad nocturno, pero sin armas, ya que en una ocasión se quedó dormido, en su puesto de trabajo, y dos adolescentes, ya mayorcitos, se la quitaron de su cintura, para luego salir caminando como si nada hubiera pasado. Al otro día, cuando su patrón le requirió el arma, no supo bien que contestar, ya que no recordaba haberla perdido ni que alguien se la hubiera robado. Nunca se la repusieron. 

Recuerdo, que en otra oportunidad, fue injustamente acusado de robar durante la noche una batería de moto nueva. Después que todo aquel alboroto hubiera pasado, me acerqué a él y le pregunté curioso, que es lo que había sucedido y me contestó confidencialmente, en voz muy baja: “yo no fui, el fui”, señalando con su dedo índice, al culpable de aquel miserable robo, cosa que le hubiera costado perder irremediablemente su empleo. 

Anécdotas para contar de Tomás tengo cientos, pero una de las que más me divirtieron fue aquella vez cuando lo estaba esperando durante más de 45 minutos y no venía. Cuando apareció sucio, cansado y sediento, se me acercó muy lentamente, empujando una moto por el manubrio y cuando estuvo lo suficientemente cerca mío, me dijo en voz baja: “se paró la moto de mí”.

Tanta gracia me causó aquel acto de verdadero asesinato de la lengua de Cervantes que, espontáneamente lancé una estridente carcajada, que lo ofendió. ¿Porque reír para mi?, me dijo muy serio y le contesté que me resultaba gracioso como hablaba, que tenía graves problemas de sintaxis. Como respuesta recibí un muy merecido:”Mba'e“. 

No me olvido también de aquella vez en que alcancé a saludarlo una de esas frías mañanas invernales, antes de su horario de salida, en que se me acercó y me dijo muy suelto de cuerpo: “Mucho lluvia, mucho fresco”. Rápidamente me di vuelta, para evitar que se diera cuenta que no podía contener mi risa y era demasiado temprano como para tener un desencuentro con este buen hombre. 

En otra ocasión y teniendo a su patrón como testigo, estábamos viendo varias plantas reverdecer después de una intensa sequía de seis meses, en Hernandarias, cuando nos interrumpe la conversación al patrón y a mi, todo entusiasmado, después de haberlas regado durante varios días y ver orgulloso el fruto de su esfuerzo y nos dice: “explotaron las plantas”. ¿Qué dijiste Tomás?, le preguntó mi amigo, “si, explotaron las plantas”, ¿cómo es eso? Salieron las hojas, agregó Tomás, ya algo molesto, viendo que se venía una buena cargada en camino. 

Y para terminar con sus gracias, cierta noche, en donde no se podía dormir por el intenso calor reinante, salí a caminar por el parque que rodea a la casa, en donde vivía y me lo encontré al hombre sentado, tomando tereré solo. Con un par de pasos, me coloqué a su lado y le dije: ¿No hace demasiado calor para una noche tan nublada?, a lo que me respondió muy suelto de cuerpo: “si, lo que pasa es que la atmósfera está media revuelta”. 

Esta vez no pude disimular y me reí un buen rato delante suyo, hasta que me dio dolorosos calambres en el estómago. Por más que tratara de esclarecerle, jamás entendería ni jota mi explicación. Por lo tanto, una vez más lo dejé con muchas dudas acerca de mi extraño comportamiento. 

Este hombre bueno, del cual a veces siento un gran remordimiento por burlarme de su forma tan torpe de hablar, tiene un corazón de oro. Es mucho más pobre que un ratón, pero su nobleza se nota en cada uno de sus actos. Jamás me permitió que le comprara un solo paquete de yerba. Es más, se ofendería en caso que lo hiciera. Siempre estiraba su brazo para convidarme con su tereré en señal de amistad, y eso me causaba una profunda emoción. 

Es un campesino que no se halla en la ciudad, pero no tiene más remedio que aceptar que los tiempos han cambiado y las cosas no duran toda la eternidad. Él se está adaptando, otros no lo consiguieron y mendigan por las calles de las grandes ciudades o se dedican simplemente a delinquir. No hay demasiadas opciones para ellos. Es la gente amable y hermosa a la que yo llamo el “verdadero paraguayo”, el tipo no contaminado de las grandes ciudades.

Existen muchos Tomás por ahí, buenos, mansos y de gran corazón que son la auténtica esencia del ser nacional. En realidad a esta poca gente así que nos queda, habría que cuidarla muy bien, ya que es una raza en extinción, como el tagua, los buenos políticos, el azúcar que pese un kilo, las puertas abiertas de la casa y tantas cosas más que se fueron perdiendo y que ya nunca más volveremos a ver.

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