miércoles, 22 de septiembre de 2010

EL ÚLTIMO QUE SE VAYA, QUE APAGUE LA LUZ

Como decía mi finado abuelo, “cuando se provoca a un ratón, hay que tener cuidado porque se puede transformar en un león”. Y es eso lo que pasó en la tranquila y serena ciudad de Hernandarias. Cansada de tanto robo domiciliario, de tanta muerte gratuita, que ni siquiera la policía ni la fiscalía los escuchaba, entonces fastidiada fundamentalmente de vivir encerrada por temor a ser asaltada o herida impunemente, estalló. 



Ha reaccionado de una buena vez por todas y a puesto el grito en el cielo. Saturada de tantos robos de celulares, cometidos por motociclistas, especialmente de aquel, al que llaman “Fantasma Negro”, por el color de su moto, marca Kenton, que conduce y que en realidad son dos hombres que a punta de pistola roban impunemente celulares, con preferencia a mujeres desprevenidas o que están charlando animadamente en la puerta de sus casas o negocio, a plena luz del día, para luego desaparecer, ante la sorpresa de las víctimas y la poca efectividad de la policía. 

La gota que colmó el vaso, fue la muerte de una joven inocente, de 22 años, que al negarse a entregar su celular, fue baleada con 3 disparos, con saña y por la espalda. Tal hecho fue el detonante de una situación ya insostenible. La ansiedad, el miedo, los deseos reprimidos de justicia, la impotencia, el desasosiego y ese extraño sentimiento de sentirse realmente desprotegido hicieron el resto.

La ciudadanía espontáneamente pegó el grito de ¡basta!, ¡hasta acá llegamos¡ Y sin vueltas se creó una Comisión de Lucha contra la Delincuencia y la Impunidad, así como una contraloría ciudadana. Y sin esperar más, salió a la calle a reclamar con justo derecho, a que se escuchen su voz de protesta y su reclamo. Con tono firme y amenazador, ya que no existe otra manera de hacerse oír. Pareciera que los pedidos educados y civilizados son rápidamente desestimados, pasando con tristeza al célebre “opareí”. 

¿Cuál era el pedido de la ciudadanía?, reemplazar al fiscal, a la jueza y a todos los auxiliares de la fiscalía, como también a todos los efectivos policiales. Por un momento, me sentí muy orgulloso de ser un hijo adoptivo de Hernandarias, ya que en 11 años de residencia, jamás la había visto agruparse ante un enemigo común. Por fin había despertado de su largo y profundo sueño. Era conmovedor por fin ver luchar a toda una ciudad en pos de un objetivo justo y concreto. 

Ese era un momento de gloria, sin embargo como digo siempre en mis escritos, “tenía que cerrarse la tranquera después que se escapó el caballo”. Debía ocurrir una muerte para que todas las fuerzas vivas de una comunidad se movilizaran. Tenía que llegar a este extremo para que las autoridades tomaran cartas en el asunto. 

Ese es un interrogante difícil de contestar, sin embargo el problema parte de algo más grande, ya a nivel nacional, y que una simple ciudad, que ni siquiera es capital de departamento, puede solucionar por si sola. La falta de un empleo fijo y seguro ha creado una fábrica de delincuentes desesperados, con hijos cuyos estómagos, de ninguna manera esperan. 

Por eso mirando al bosque y no al árbol, nos encontramos que lo sucedido a Hernandarias, ocurre de manera generalizada en todo el país. Echar a los malos policías y a los fiscales corruptos, es parte del problema, no la solución. 

Sin obras de infraestructura por parte del Estado, con una creciente fuga de capital extranjero, sin leyes de juego claras que protejan la propiedad privada, son hechos cotidianos que hacen pensar que no queda otra alternativa que desertar. Si a esto se le agrega que el capital humano paraguayo está emigrando masivamente en busca de nuevos y mejores horizontes, porque se encuentra desalentado y no cree más en promesas. 

Extirpar de raíz la delincuencia es totalmente imposible pero habiendo muchas vacantes de trabajo, se entiende que la legión de malvivientes puede ir disolviéndose. Echar policías, jueces y auxiliares de justicia es solo un paliativo. Es como ponerle desinfectante y curitas a un paciente que padece de cáncer. Además existe otro problema. No sabemos si los próximos que vengan no son más corruptos que los cambiados.

Se ataca los efectos, pero no la raíz del problema. Con lo cual se crea una situación realmente ficticia. A los próximos gobernantes les espera muchas materias pendientes que deja la presente gestión. 

¿Cómo frenará el éxodo?, ¿cómo hará para crear nuevas fuentes de trabajo?, ¿cómo desterrará la corrupción, si los propios funcionarios del Estado lo son?, ¿cómo harán para cubrir el déficit de un millón de viviendas? Nadie tiene en estos momentos tales respuestas, pero en caso de tenerlas y no le satisfacen, que el último que se vaya a España, que apague la luz.

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