miércoles, 8 de septiembre de 2010

¿Y AHORA, QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?

En pocos años hemos pasado, de una sociedad que miraba con asombro la violencia que reflejaban los noticieros de otros países, a una sociedad que la padece y la sufre en carne propia, a la que se le ha metido como “pike” y no existen ni ideas de cómo salir de esta tremenda calamidad.


La cosa es complicada por donde se la mire. Por un lado tenemos que la policía se encuentra saturada y no da abasto para atrapar a cuanto malviviente existe por ahí. Pero si lo detienen, es muy probable que a los pocos días, el complejo judicial, ya sean jueces, fiscales, magistrados, tribunales varios, abogados y personal de justicia, lo deje nuevamente en libertad por considerarlo, si no inocente, al menos sin pruebas suficientes o circunstanciales. Otra vez en la calle volverá a aterrorizar a los buenos, ya que según datos extraoficiales, el 65 % de los reclusos, reinciden.

La poca credibilidad que nos despierta nuestra justicia hace que la población ante cualquier fallo discutible, sienta ese olorcillo característico de la corrupción. Lo mismo pasa con la policía, que de tantas malas noticias que a uno le llega, que ya no se sabe quien es el policía y quien el delincuente.

También hay que considerar que las fuerzas del orden cobran una miseria y encima tienen que comprar de su bolsillo, el arma, las balas y el uniforme. El sistema es tan perverso que prácticamente los empuja a los mismos uniformados a delinquir para sobrevivir.

Las comisarías están rebasadas de detenidos y las cárceles regionales son obsoletas, inseguras y con condiciones sanitarias inaceptables. Con súper poblaciones que triplican su capacidad y albergando demasiados presos sin condena, se convierten así, en verdaderas bombas de tiempo.

Algunos reclusos pobres llevan varios años por robar una gallina y los verdaderos delincuentes viven felices gozando con sus fechorías y con la impunidad. En los presidios no se rehabilita. Es más probable que sea una universidad para que los facinerosos aprendan delitos nuevos con los mejores profesores, y se obtenga el diploma y doctorado en cualquiera de las ramas de la delincuencia.

Vivimos todos los días con “el Jesús en la boca” por culpa de la inseguridad y eso nos lleva a la angustia, al temor y la desconfianza ante cualquier nueva cara con que nos tropecemos. Por la calle debemos caminar de costado, siempre con la espalda contra la pared, mirando a todos lados, antes de dar un paso.

A nuestra sencilla casa se le han colocado tantas rejas que ya se parece mucho a Tacumbú. Dentro creemos estar más o menos seguros, pero es posible que suframos del síndrome del encierro. Por lo tanto no tendremos más remedio que salir al exterior. La vestimenta debe ser ligera pero también debe protegernos. Se sugiere casco blindado, chaleco antibalas, pantalones reforzados con malla de acero y zapatos con suela de titanio.

De este modo seremos inmunes a los caballos locos, asaltantes de cajeros electrónicos, arrebatadores de celulares a punta de estoque, ladrones de motos, o cualquier maleante de poca monta, pero que son capaces de hacernos pasar un muy mal rato.

Después de volver del trabajo, los pocos metros que nos separan de nuestro querido hogar, lo pasaremos rezando para que nadie haya entrado sin nuestro permiso. Cuando veamos que la puerta de calle aún sigue cerrada, suspiraremos ante tanto aliento contenido. Bloquearemos la alarma, ataremos los cinco perros Doberman hambrientos y desarmaremos las trampas que aprendimos hacer con las películas de Rambo.

La paranoia del secuestro se ha instalado en nuestra sociedad aunque seamos pobres. Ya nadie nos va a poder ayudar, ya que inclusive, el Chapulín Colorado también fue asaltado por un peajero en la otra cuadra.

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