miércoles, 29 de septiembre de 2010

Q.E. P. D., LOS VALORES HUMANOS

La vida agitada, los compromisos asumidos, necesidad de conservar o subir un escalón más en la escala social, el gran esfuerzo que representa sobrevivir en una sociedad altamente consumista como la nuestra, la lucha cotidiana por conservar el trabajo sabiendo a ciencia cierta que cientos de personas desearían ocupar nuestro puesto, los precios que suben en ascensor mientras que nuestro sueldo apenas trepa por las escaleras.



Todo este bagaje de presiones ha hecho que, con el correr del tiempo, muchos de los valores que una vez nos enseñaron nuestros mayores, se vayan perdiendo uno a uno, por el largo camino de la vida, en pos de alcanzar lo que mal suponemos, es el éxito. Y puede ser que lo alcancemos, pero ¿cuál es el precio que debemos pagar simplemente por lograrlo? 

Si vale la pena o no, eso queda a criterio de cada uno de nosotros y de nuestras respectivas conciencias. Lo que sí es innegable que nos estamos convirtiendo en verdaderos robots. Fríos, insensibles, calculadores, con corazones de piedra en el pecho. Caminamos como zombis, sólo pasando la mano a alguien, de vez en cuando, como un acto reflejo, pero no con la sinceridad que este rito tan caro a los paraguayos merece. 

Los sentimientos ya no cuentan y quien llegue a demostrarlo, por algún motivo, corre el riesgo de sufrir, a cambio, una muy cruel burla. La sociedad se ha enfermado y su virus ha contagiado mortalmente a todos sus integrantes. La familia, semilla de la sociedad, se disgrega, ya no existe más el dialogo entre sus integrantes. Los hijos ahora mandan a sus padres y hacen lo que quieren de sus vidas. Y así les va. 

Las parejas jóvenes sólo se juntan porque sus hormonas necesitan el sexo desenfrenado, pero al poco tiempo se sienten totalmente decepcionadas y se separan, con un enorme vacío en sus almas, llevando a cuesta el fracaso de una relación sentimental espuria y no es para menos, unieron sus vidas sin amor, que es el sentimiento que hace sólido los cimientos de cualquier vínculo. 

Los políticos ya mienten descaradamente y asumen el poder no para ayudar a quien depositó la confianza en ellos, si no para llenarse los bolsillos y vivir cómodamente hasta la cuarta generación. No les interesa la gente ni sus problemas, ya que estos, de ninguna manera les manchan a ellos. La impunidad reina en la justicia y como dice la famosa letra del tango “Cambalache”:

Hoy resulta que es lo mismo 
ser derecho que traidor, 
ignorante, sabio o chorro, 
generoso o estafador... 
¡Todo es igual! 
¡Nada es mejor! 
Lo mismo un burro 
que un gran profesor.

Ya nadie puede identificar a un ladrón de un policía y viceversa. Las instituciones públicas están desprestigiadas, por ser un símbolo de corrupción, haraganería y simple “soquetismo”. Los médicos inventan enfermedades para sacar dinero. Los abogados arreglan con su colega de enfrente y uno siempre pierde. El dinero es el que manda y los sentimientos puros son los que siempre pierden. 

Los amigos traicionan a los amigos y los hijos venden a sus padres y estos matan a sus hijos. Las amigas le roban los novios a sus amigas sin pestañear. Se le confía los hijos a las parroquias y el mismo cura se encarga de violarlos. Los pastores viven del amor que tienen los feligreses hacia Dios y con el cuento del diezmo, engrosan sus bolsillos y gozan de la gran vida, con trajes de 1200 dólares y camionetas 4 x 4.

Ya nadie se sensibiliza cuando ve a un niño dormir en la calle. Es más seguro que lo patearan en el suelo, antes que preguntarle cuales son sus verdaderas necesidades o lo recojan y lo lleven a darle un baño en sus casas. Ya nadie piensa en aquellos que por distintas causas se auto-exiliaron de la sociedad. Esos mismos que una vez fueron seres humanos y que por tristes contingencias de la vida, equivocaron el camino.

Hoy se los ve deambular por la calle, sucios, con cientos de parásitos en su cuerpo, muertos de hambre, deseosos de recibir una mano amiga que se apiade de sus almas. Jamás nadie le cederá un triste baño para hacer sus necesidades, por lo que tendrán que arreglarse como puedan, así como los perros. Han perdido todo lo que poseían, incluso hasta su propia dignidad.

Tal el caso de alguien que admiro como a pocos, que es a “Kuki” Simbrón, al que le pido: - Volvé hermano de tu infierno que acá te estamos esperando- tenés mucho para darle al periodismo, sé que es tu vida y lo llevas metido bien en tu sangre. ¡Vamos Kuki!, aún tenés mucho para dar, y tu divino talento no se compra en el almacén. 

Nunca es tarde para dejar tus tinieblas, porque sos vos quien tiene que dar el primer paso, sin mentiras y sin vuelta atrás. Porque eso sólo depende de vos y nada más que vos, mi querido y estimado amigo. Y esa sería una buena oportunidad para seguir creyendo que los valores humanos todavía no han muerto. 

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